Paola Escobar es una ilustradora colombiana que colabora habitualmente con editoriales de medio mundo ilustrando libros infantiles. También trabaja como diseñadora gráfica para varias agencias internacionales.
El tablero, ¡ay!, está mal colocado.
Bajo este título, tomado de la revista que Javier Carpintero editó a mediados de la década de los 90, pretendo comentar las relaciones que el ajedrez ha mantenido y mantiene con la literatura y las artes plásticas.
En la novela de 1985 El amor en los tiempos del cólera, del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), encontramos varias referencias al ajedrez:
El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.
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En el escritorio, junto a un tarro con varias cachimbas de lobo de mar, estaba el tablero de ajedrez con una partida inconclusa. A pesar de su prisa y de su ánimo sombrío, el doctor Urbino no resistió la tentación de estudiarla. Sabía que era la partida de la noche anterior, pues Jeremiah de Saint-Amour jugaba todas las tardes de la semana y por lo menos con tres adversarios distintos, pero llegaba siempre hasta el final y guardaba después el tablero y las fichas en su caja, y guardaba la caja en una gaveta del escritorio. Sabía que jugaba con las piezas blancas, y aquella vez era evidente que iba a ser derrotado sin salvación en cuatro jugadas más. «Si hubiera sido un crimen, aquí habría una buena pista —se dijo—. Solo conozco un hombre capaz de componer esta emboscada maestra». No hubiera podido vivir sin averiguar más tarde por qué aquel soldado indómito, acostumbrado a batirse hasta la última sangre, había dejado sin terminar la guerra final de su vida.
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También avisaría a sus compinches de ajedrez, entre los cuales había desde profesionales insignes hasta menestrales sin nombre, y a otros amigos menos asiduos, pero que tal vez quisieran asistir al entierro.
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De joven se demoraba en el Café de la Parroquia antes de volver a casa, y así perfeccionó su ajedrez con los cómplices de su suegro y con algunos refugiados del Caribe. Pero desde los albores del nuevo siglo no volvió al Café de la Parroquia y trató de organizar torneos nacionales patrocinados por el Club Social. Fue esa la época en que vino Jeremiah de Saint-Amour, ya con sus rodillas muertas y todavía sin el oficio de fotógrafo de niños, y antes de tres meses era conocido de todo el que supiera mover un alfil en un tablero, porque nadie había logrado ganarle una partida. Para el doctor Juvenal Urbino fue un encuentro milagroso, en un momento en que el ajedrez se le había convertido en una pasión indomable y ya no le quedaban muchos adversarios para saciarla.
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Todo fue por el ajedrez. Al principio jugaban a las siete de la noche, después de la cena, con justas ventajas para el médico por la superioridad notable del adversario, pero con menos ventajas cada vez, hasta que estuvieron parejos. Más tarde, cuando don Galileo Daconte abrió el primer patio de cine, Jeremiah de Saint Amour fue uno de sus clientes más puntuales, y las partidas de ajedrez quedaron reducidas a las noches que sobraban de las películas de estreno.
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El doctor Urbino no la reconoció, aunque la había visto varias veces entre las nebulosas de las partidas de ajedrez en la oficina del fotógrafo, y en laguna ocasión le había recetado unas papeletas de quinina para las fiebres tercianas.
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Tratando de distraerlo lo invitó a jugar al ajedrez, y él había aceptado por complacerla, pero jugaba sin atención, con las piezas blancas, por supuesto, hasta que descubrió antes que ella que iba a ser derrotado en cuatro jugadas más, y se rindió sin honor. El médico comprendió entonces que el contenedor de la partida final había sido ella y no el general Jerónimo Argote, como él lo había supuesto. Murmuró asombrado:—¡Era una partida maestra!Ella insistió en que el mérito no era suyo, sino que Jeremiah de Saint-Amour, extraviado ya por las brumas de la muerte, movía las piezas sin amor. Cuando interrumpió la partida, como a las once y cuarto, pues ya se había acabado la música de los bailes públicos, él el pidió que le dejara solo. Quería escribir una carta al doctor Juvenal Urbino, al que consideraba el hombre más respetable que había conocido, y además un amigo del alma, como le gustaba decir, a pesar de que la única afinidad de ambos era el vicio del ajedrez entendido como un diálogo de la razón y no como una ciencia.
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Sabía apenas que Jeremiah de Saint-Amour era un inválido de muletas a quien nunca había visto, que había escapado a un pelotón de fusilamiento en alguna de las tantas insurrecciones de alguna de las tantas islas de las Antillas, que se había hecho fotógrafo de niños por necesidad y llegó a ser el más solicitado de la provincia, y que le había ganado una partida de ajedrez a alguien que ella recordaba como Torremolinos pero que en realidad se llamaba Capablanca.
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Si poder de concentración disminuía año tras año, hasta el punto que debía anotar en un papel cada jugada de ajedrez para saber por dónde iba.
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Fue allí donde Lorenzo Daza le enseñó a Juvenal Urbino las lecciones primarias del ajedrez, y él fue un alumno tan aplicado que el ajedrez se convirtió en una adicción incurable que lo atormentó hasta el día de su muerte.
Héctor Rojas Herazo (1921-2002) fue un novelista, poeta, periodista y pintor colombiano. Ya ha aparecido en un par de ocasiones en ARTEDREZ.
En un artículo firmado por la redacción de El tiempo bajo el título El boom fue solo Gabo, publicado el 14 de mayo de 1966, se traza una semblanza de Rojas Herazo.
En el pequeño cuarto donde pinta y escribe, Héctor Rojas Herazo tiene un ajedrez... Ahí lo tiene, encima de una mesa, listo para jugar. Y le gusta jugar solo y repetir de memoria las grandes partidas de los grandes maestros. «El ajedrez me ha ayudado mucho», dice con ese mismo entusiasmo con el que habla de libros o de pinceles: «Sí, me ha enseñado el sentido de la mesura y de la esperanza».
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| Héctor Rojas Herazo fotografiado a los 97 años con parte de su obre pictórica. Curiosamente, el suelo reproduce un esquema escaqueado. |
Dos cosas me producen un respeto escalofriante: una mujer encinta jugando ajedrez, y la agonía de un elefante envenenado.
La cita precedente es el colofón de Las piezas embrujadas: el ajedrez como rito, un texto del escritor y artista colombiano Héctor Rojas Herazo (1921-2002) redactado el emblemático año de 1968. En él Rojas dice del ajedrez cosas como que es «la filosofía de la lucha», «un idioma capacitado para legar modelos antológicos» o «una cátedra depurada de lógica». El ajedrez es como la música, es como el arte. Sus mejores intérpretes están a la altura de los grandes de su época, Philidor juega en la misma categoría que Watteau, Mozart o Leibniz; Anderssen comparte mesa con Hölderlin; Nimzovitch con Odilon Redon, Gerard de Nerval o E.T.A. Hoffmann...Aunque lo parezca, aunque todo se confabule para nominarlo como tal, el ajedrez no es un juego. Puede ser, según los ángulos de enfoque, un rito, una pasión cabalística o una lucha simbólica del hombre con el fatalismo y con el tiempo en que se cumple su destino. Pero no es un Juego.
Al volver al hotel vieron en mitad de la calle peatonal a decenas de hombres jugando al ajedrez. Cecile pensó que hasta ese día había sido una racista.
El ajedrez -que un guardián le había enseñado a jugar con un talento notable- le había dado una nueva medida del tiempo.