martes, 4 de agosto de 2020

domingo, 2 de agosto de 2020

EL CASO WALLACE

En el ámbito británico está considerado como el segundo caso criminal más misterioso  de todos los tiempos, solo después de los crímenes de Jack, el Destripador. Los periódicos sensacionalistas británicos, los populares tabloides, dieron una cobertura especial a este acontecimiento, olfatearon la sangre y se lanzaron a degüello a desmenuzar los pormenores de la investigación y sus protagonistas. Los ríos de tinta generados por el caso habrían podido abastecer, como veremos más adelante, a un enorme océano. Es lo que se conocería como:

EL CASO WALLACE

Los hechos

Al anochecer del lunes 19 de enero de 1931, un anodino agente de seguros, William Herbert Wallace, se dirigió a su club de ajedrez para disputar una partida en un torneo local. Al llegar allí le dieron un recado: alguien había llamado por teléfono para concertar una cita profesional con él al día siguiente en cierta dirección de Liverpool. Wallace acudió a la cita, pero fue incapaz de encontrar la dirección que le habían proporcionado. La existencia de varias vías con nombres muy parecidos —se le había citado en el 25 de Menlove Gardens Este y había una avenida Menlove Gardens, incluso existían las calles Menlove Gardens Norte, Menlove Gardens Sur y Menlove Gardens Oeste, pero no existía una calle Menlove Gardens Este— complicó su búsqueda y se demoró un buen rato antes de darse por vencido. Tiempo después, al llegar a su hogar, Wallace descubrió que su esposa había sido brutalmente asesinada. Y cuando decimos brutalmente, queremos decir eso: brutalmente. 

Wallace fue detenido a los pocos días. Se le acusó de haber hecho él mismo la llamada para proporcionarse una coartada y que, en vez de ir en busca del misterioso y desconocido autor de la misma, asesinó a su esposa y luego perdió el tiempo necesario para dar verosimilitud a la historia y fingir haber descubierto el crimen a su regreso a casa. 

No se pudo establecer un motivo, la investigación no pudo sugerir un solo móvil: el matrimonio se llevaba bien, vivían con modestia pero no en la miseria, no constaban amantes ni nada que pudiera justificar el crimen. Tampoco se encontró el arma del crimen y ni un solo testigo pudo situar a Wallace en las cercanías de su domicilio, mientras varios, al contrario, lo situaron deambulando por las distintas Menlove Gardens de Liverpool. Pese a lo sangriento del asesinato —la víctima fue golpeada repetidas veces en la cabeza con un objeto contundente, probablemente el atizador de la chimenea que había desaparecido— en las ropas de Wallace no apareció ni una sola gota de sangre (se llegó a sugerir que había cometido el crimen desnudo). 

Parecía el crimen perfecto.


El juicio

Sin embargo, el jurado popular encontró culpable a Wallace. No había pruebas contra él, pero Wallace era un ser anodino y carente de cualquier tipo de carisma o habilidad social. No pudo, o no supo, contrarrestar la imagen que ofreció la prensa de él: un criminal frío e inteligente que había preparado el asesinato con la misma meticulosidad y eficacia con la que se componía un problema de ajedrez.

Fue condenado a la horca.

No debió, sin embargo, quedar la justicia británica con la conciencia muy tranquila porque poco después, en una decisión sin precedentes, el Tribunal Supremo anuló la sentencia. Wallace fue liberado y moriría solo dos años después clamando su inocencia a los cuatro vientos.

La investigación oficial y la investigación extraoficial

El caso ha generado una ingente cantidad de literatura. Criminólogos y periodistas de sucesos han desmenuzado cada aspecto de la investigación y publicado en distintos medios sus conclusiones. En las Chess Notes de Edgar Winter puede encontrarse un repaso bastante consistente a esas publicaciones.

Dada su condición de ajedrecista y su asistencia a un club de ajedrez —el Liverpool Central Chess Club— la noche anterior al asesinato, la investigación policial y luego la curiosidad de los lectores se centró en este hecho. Como hemos sugerido un poco más arriba, la condición de ajedrecista de Wallace parece haber jugado en su contra durante el juicio y la tremenda exposición mediática que lo acompañó. 

Wallace era un jugador mediocre, incluso para un jugador de club, pero que disfrutaba mucho jugando (¿les suena?). Asistía poco a la sede social porque no quería dejar sola a su mujer por la noche y prácticamente solo acudía a los campeonatos. Fundamentalmente jugó en su contra que declarara que su afición le había permitido enfrentarse a algunas de las mentes más brillantes de su época. Ya se ha dicho que las habilidades sociales de Wallace eran poco menos que inexistentes. Siendo como era un jugador de tercera categoría esto se interpretó como un rasgo de megalomanía que no podía sino demostrar aún más su mentalidad intrigante y su culpabilidad. Sin embargo, era verdad. Wallace se apuntaba a cuanta simultánea se jugara cerca de su lugar de residencia. A lo largo de los años se había enfrentado a jugadores como Kashdan, Blackburne y Capablanca. De los mejores del mundo, sin duda. Aunque se había medido a ellos en una exhibición donde los maestros jugaban en solitario contra veinte, treinta o incluso más jugadores aficionados. Sus defensores no acertaron a explicarlo. Posiblemente ni a comprenderlo.


La investigación prestó una especial atención a la llamada anónima recibida en el club de ajedrez. Era la coartada de Wallace. Demostrar que había sido el propio Wallace quién la hizo la desmontaría totalmente. Era pues vital averiguar quién la  había hecho —tanto la defensa como la acusación estaban de acuerdo en la persona que hizo la llamada era el asesino—. La cuestión radicaba en que la persona que llamó al club tenía que saber con absoluta certeza que Wallace iba a acudir ese día allí.

La acusación sostenía que nadie, salvo el propio Wallace, podía tener tal seguridad. La defensa argüía que cualquiera podía suponerlo. Wallace estaba disputando un campeonato por sistema liga y las rondas se habían publicado con semanas de antelación. Pero el caso se complicó porque Wallace había incomparecido varias veces en las rondas anteriores. Era por lo tanto posible que incompareciera también ese día.




Tiempo después de la anulación de la sentencia, pero culpable todavía a los ojos de una buena parte de la sociedad, Wallace concedió una entrevista. Entre otras muchas cosas habló de ajedrez, actividad que definió como una de las grandes pasiones de su vida. Se quejó de que no podía jugar con nadie porque nadie quería jugar con él, por lo que solo podía resolver problemas. Pero ni aún eso le permitía evadirse. No podía concentrarse, su mente le recordaba que hasta el ajedrez, que tanto le gustaba, había sido utilizado en su contra.

Opiniones

Quizá la fascinación que, aún hoy, sigue despertando el caso se deba a que prácticamente todos los indicios encontrados en la investigación podían ser interpretados a favor o en contra del acusado, como dijo la famosa escritora de novelas de intriga y policíacas Dorothy L. Sayer en su ensayo El asesinato de Julia Wallace. Eso, según Sayers, lo convertía en un fecundo campo para la especulación. Para terminar con una sentencia de aroma ajedrecístico:
El caso Wallace no tuvo un movimiento clave y terminó, de hecho, en una posición de ahogado. 
Raymond Chandler escribió en sus memorias que consideraba al caso Wallace el asesinato imposible. Wallace no pudo hacerlo, pero tampoco nadie más. Terminaba diciendo que era un caso irresoluble y que siempre permanecería así.

Otra autora de prestigio en el ámbito de la novela de intriga y policial, la dama del crimen, P.D. James, también le dedicó mucha atención al caso:

En su novela de 1982 The Skull Beneath the Skin (La calavera bajo la piel. Argos Vergara. Barcelona, 1983. Traducción de Iris Menéndez Salles) , P. D. James, resume magistralmente los hechos.
—Liverpool, enero de 1931. Wallace, William Herbert. Inofensivo agente de seguros trota de puerta en puerta recaudando unos peniques semanales en casa de pobres diablos muertos de miedo al pensar que no podrán pagar sus propios funerales. Aficionado al ajedrez y el violín. Casado un poco por encima de sus medios. Él y su esposa Julia vivían en fina pobreza, que es la peor pobreza de todas, por si no lo sabía, apartados del mundo. El 19 de enero, mientras él buscaba el domicilio de un cliente en ciernes, que podía existir o no, a Julia le golpean salvajemente la cabeza en el salón de su casa. Wallace fue procesado por homicidio, y un resuelto jurado de Liverpool, que probablemente no fue del todo imparcial, lo declaró culpable. Posteriormente el tribunal de apelaciones pasó a la historia jurídica anulando la sentencia en razón de que era arriesgado condenarlo ante la insuficiencia de pruebas. Le soltaron y dos años más tarde murió de una enfermedad renal, mucho más lenta y dolorosamente que si le hubieran ahorcado. Es un caso fascinante. Las pruebas siempre pueden apuntar en cualquier dirección, según la forma en que uno las interprete. A veces permanezco despierto toda la noche pensando en esto. El peligro de cómo puede orientarse mal un caso si a la policía se le mete en la cabeza que tiene que ser el marido, debería ser asignatura obligatoria en los estudios que capacitan para una pesquisa policial.

Y en 2003, en su penúltima novela, The Murder Room (Faber&Faber. London, 2003. Hay edición en castellano. La sala del crimen. Ediciones B. Barcelona, 2003) insistió en el tema (no vamos a repetir la descripción que da pues es muy parecida a la precedente). Todavía en 2013, a los 93 años y solo uno antes de su muerte, James afirmó haber resuelto el misterio, alineándose de paso con los que consideraban a Wallace culpable.

Edgard Lustgarten, otro de los autores que han publicado sobre el caso, también recurrió al ajedrez para explicarlo: «tiene la desesperante y frustrante fascinación de un problema de ajedrez que termina en jaque perpetuo». Aunque no sabemos muy bien qué quiso decir con ello.

 

One Foot on the Grave (Con un pie en la tumba)

En 1952, el prolífico escritor británico Sydney Walter Martin Cumberland —quien escribía bajo el seudónimo de Marten Cumberland—  publicó la novela One Foot on the Grave que está basada directamente en ese caso.

Cumberland cultivó preferentemente el género policíaco y uno de sus personajes recurrentes es el comisario de la Sûreté Saturnin Dax. Dax es un policía obeso, temeroso de las corrientes de aire y del frío, metódico y escéptico con todo aquello que no puede ser demostrado empíricamente.

Al ser su protagonista francés, no es de extrañar que Cumberland sitúe la acción en París. Pero solo cambia el emplazamiento y los nombres de los personajes, el resto de los acontecimientos son idénticos a los del caso Wallace. Igual la llamada anónima de teléfono al club de ajedrez, igual el carácter del marido de la mujer asesinada, igual la reacción de la prensa, igual el juicio, la condena y la revocación de la misma. Igual el juicio paralelo que la opinión pública —la temible opinión pública— se hace del caso.



Lo que no es igual es que en la realidad no existe Saturnin Dax y en la novela sí. Dax revisa el caso de cabo a rabo, verifica pruebas, recupera anímicamente al acusado para que intente aportar algo nuevo a la investigación, gana para su causa al equipo investigador original, busca explicaciones a lo que no se ha explicado suficientemente, se esfuerza en comprender el porqué de la animadversión que suscita Thollon (así se llama el Wallace francés), se infiltra en el club de ajedrez, estudia la personalidad de cada socio e investiga a quien le parece sospechoso. 

Por fin, logra aislar a un sospechoso y consigue, después de someterlo a una vigilancia intensiva e investigarlo a fondo, que confiese ser el asesino. Cumberland se alinea, como vemos, con los partidarios de la inocencia de Wallace. Todos contentos, tenemos un culpable claro. El crimen nunca paga.



La novela se estructura en dos partes y cada una de estas en capítulos desiguales en tamaño. Todos los capítulos tienen una referencia al ajedrez que intentan describir algo de lo que se cuenta en cada uno de ellos. «Las piezas están listas» se titula por ejemplo, el primer capítulo. Luego hay otros con títulos como «Gambito», «Al paso», «J'adoube», Defensa Siciliana» o «¡Jaque!». 


En general, la novela desprende un persistente olor a naftalina. Sin embargo, pone el acento en un hecho tan lamentable como actual: la manipulación de la opinión pública por parte de quienes debieran estar para servirla.

FICHA TÉCNICA
MARTEN CUMBERLAND
CON UN PIE EN LA TUMBA
EDICIONES G. P. BARCELONA, 1959

sábado, 1 de agosto de 2020

NONA



Nona Gaprindashvili fue la sexta campeona del mundo de ajedrez y la primera mujer en obtener el título de Gran Maestro absoluto. Durante dieciocho años reinó en el ajedrez femenino sin discusión, obteniendo algunos resultados muy meritorios en torneos abiertos (con participación tanto masculina como femenina).

La georgiana obtuvo todas las distinciones que la Unión Soviética reservaba para los deportistas: Maestra del Deporte de la Unión Soviética, Medalla de la Distinción Laboral, Orden de la Insignia de Honor y Orden de Lenin. En la Georgia independiente recibió la Orden de la Excelencia por su contribución a dar a conocer la imagen del país en el exterior.

Lo georgianos, entre los que es muy popular, decidieron regalarle en 1975 un presente digno de las diosas del cine. Un perfume. La empresa Iveria de Tiflis diseñó un nuevo perfume con su nombre: Nona. El frasquito, no podía ser de otra forma, es una reina.


viernes, 31 de julio de 2020

LA CASA DE GOBIERNO



Ilustración de Francesco Bongiorni para la cubierta de The House of Goverment. A Saga of the Russian Revolution de Yuri Slezkine (Princetown University Press. New Jersey, 2017).

The House of Goverment (La casa de gobierno) es un enorme edificio de apartamentos construido entre 1928 y 1931 en Moscú para alojar a funcionarios de alto rango de la Unión Soviética, la élite política del país. Por ello, el edificio contaba con todas las comodidades: calefacción central, servicio de comidas, guardería. Pero también un teatro, un cine y una biblioteca. Llegaron a vivir más de 2.500 personas en el edificio. Un tercio de sus ocupantes fueron ejecutados durante la Gran Purga que Stalin desató en 1936. 

El libro homónimo del historiador Yuri Slezkine cuenta de manera coral la historia de este edificio. Historia tan alucinante que el autor se creyó en la obligación de señalar en los créditos que «la presente obra es un trabajo de historia. Cualquier parecido con personajes de ficción, vivos o muertos, es pura coincidencia».


miércoles, 29 de julio de 2020

FILIP ĆUSTIĆ


Fotografía de Filip Ćustić (1993) para conmemorar el trigésimo aniversario del modelo Twins de la marca de calzado Camper. Para esta campaña, Ćustić utilizó modelos gemelos para recrear diversos juegos, entre los que se encuentra el ajedrez.

Croata-español, Ćustić es una artista multidisciplinar que se mueve entre el videoarte, la fotografía, la performance y las instalaciones (por citar unas pocas). En los últimos tiempos ha alcanzado una enorme repercusión al ser el responsable de la imagen de El mal querer. El gran éxito de 2018 de la cantante Rosalía. 

martes, 28 de julio de 2020

PARTITURA


No es la primera vez que se relaciona el ajedrez con la música ni será la última. Pero es una original forma de tratar el tema.

Con este dibujo de 2017, el ruso Alexander Schmidt ganó el primer premio en categoría internacional del XVII Concurso Internacional de Caricaturas «Independencia», celebrado en Kiev (Ucrania) en 2017.

lunes, 27 de julio de 2020

LA VIDA, INSTRUCCIONES DE USO

La vida instrucciones de uso está considerada como la obra cumbre del escritor francés George Perec.
Perec fue un escritor de extraordinaria originalidad, muy interesado en el mundo de los juegos, fueran estos literarios, de palabras o entretenimientos, como los rompecabezas y puzzles. 

En La vida, instrucciones de uso describe la historia de un edificio como si hubieran caído sus fachadas y pudiéramos ver lo que hay dentro desde la calle.

Para estructurar la novela, Perec recurrió al tour del caballo, solo que en un tablero de 10x10. Cada capítulo de la novela transcurrirá en una habitación del edificio siguiendo el orden del movimiento de un caballo que las recorriera todas de una en una sin pasar dos veces por la misma habitación. Noventa y nueve movimientos, noventa y nueva habitaciones, noventa y nueve capítulos.

En el diagrama puede verse el orden de la trama.

Aparte de esto, hay algo más de ajedrez en la novela. A continuación les presento...


EL AJEDREZ, INSTRUCCIONES DE USO.

En el edificio situado en el número 11 de la calle Simon-Cubrellier, en París, como en cualquier edificio de cualquier parte de nuestro mundo occidental hay algunos vecinos, pocos, que son aficionados al ajedrez y otros, en mayor número, que conocen el juego o, por lo menos, disponen de los instrumentos necesarios para jugarlo. 

Por ejemplo, la vecina del bajo derecha, la señora Clara Marcia, de profesión anticuaria, tiene en la trastienda de su almacén, situado en el mismo inmueble pero en el bajo izquierda, entre una inmensa variedad de cosas de toda procedencia, época y condición, tableros de ajedrez. (Salto 24)

En el 5º derecha vivió Paul Hébert. Hébert fue detenido en octubre de 1943 por las tropas de ocupación nazis que andaban buscando a los responsables de un atentado que había costado la vida de tres oficiales alemanes. Aunque pronto se demostró que el detenido no tenía nada que ver con el atentado, su actitud levantó sospechas en sus interrogadores, que pidieron que se registrase su domicilio. En un trastero contiguo a su vivienda aparecieron unos documentos que parecían aludir a otro atentado cometido unos meses antes, en junio de 1943. Aunque no pudo probarse fehacientemente que Hébert estuviera al tanto de estos planes,  fue suficiente para que diera con sus huesos en Buchenwald. El atentado había costado la vida al general Pferdleichter, responsable de las fortificaciones costeras de Jutlandia y otras obras de gran importancia estratégica para Alemania. Pero lo que aquí nos importa es que Pferdleichter murió mientras jugaba una partida de ajedrez con uno de sus ayudantes, un ingeniero japonés apellidado Uchida. (Salto 43)

La señora Flora Albin, que ocupa una de las buhardillas del inmueble, guarda como recuerdo de su estancia en Damasco, cuando los negocios emprendidos junto a su marido marchaban viento en popa, envuelto en viejos números del France-Dimanche, un tablero de ajedrez de madera de palisandro con incrustaciones de nácar. En ocasiones especiales lo desenvuelve para que pueda admirarlo alguno de sus vecinos. (Salto 48)

Más triste es la historia de Gaspard Winckler, el artesano que ocupó el sexto derecha hasta su muerte. Gran parte del invierno de 1943/1944 lo pasó acariciando un pequeño unicornio de jade, perteneciente a un precioso juego de ajedrez, que había pertenecido a su esposa, Marguerite, fallecida al dar a luz en Noviembre de 1943. (Salto 53)

Peor trato reciben unas piezas de ajedrez de fantasía, hechas de plástico, que imitan de una manera tosca los marfiles chinos (el caballo es una especie de dragón y el rey un Buda sentado) que tienen abandonadas en su sótano la familia Rorschash, Rémi y Olivia, los vecinos del 4º izquierda. (Salto 67)

Como hecho curioso señalemos que algún visitante del inmueble, aunque pudo ser también un inquilino, perdió en las escaleras del edificio un tablero de ajedrez de viaje de cuero sintético con piezas magnéticas. (Salto 68)

En el despacho de Cyril Altamont, sito en la segunda planta, hay un tablero de ajedrez con la posición aparecida en el tablero después de la decimoctava jugada de la celebérrima partida jugada entre Anderssen y Dufresne en Berlín en 1852. (Salto 69)

La posición en cuestión es la siguiente:



Para el lector curioso ofrecemos el antes y el después de esta posición.



Percival Bartlebooth, el excéntrico inglés que vivió en el 3º izquierda y que, como es bien sabido, dedicó gran parte de su vida a la reconstrucción de puzzles, afrontaba esta tarea como un jugador de ajedrez que elaborara una estrategia ineluctable e imparable. (Salto 70)

Por fin, en sus célebres soirès celebradas en el estudio que hizo construir en las dos últimas plantas del edificio, el pintor Franz Hutting, pintó en una ocasión un cuadro al alimón con uno de sus amigos relevándose cada tres minutos delante del lienzo, como si disputaran una partida de ajedrez. (Salto 97)

Queda para un investigador más sagaz el determinar si alguno de los múltiples aficionados al arte que habitaron el número 11 de la calle Simon-Cubrillier, como el historiador Leon Marcia, marido de Clara, o los dos pintores que habitaron el inmueble, el ya mencionado Hutting y Serge Valène, que ocupó un cuarto en el 7º piso, poseyó un cuadro titulado: “Los jugadores de ajedrez” que posteriormente fue adquirido por el coleccionista norteamericano de origen alemán Hermann Raffke. Como se demostró en el catalogo de la subasta realizada del 12 al 15 de mayo de 1924 en Filadelfia, la primera atribución de este cuadro a Karel van Mander es errónea ya que Mander murió en 1606 y la posición de los trebejos que aparece en el cuadro corresponde a una partida disputada en 1625 por Giochino Greco. El autor de esta refutación fue Lester K. Nowak y la publicó por vez primera en “Art and Reflection” Bulletin of the Ohio School of Arts, sin fecha. Esta obra es un extenso estudio sobre el cuadro de Heinrich Kürz “El gabinete de un aficionado” en el que Raffke se hizo retratar con su colección de pintura.

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Hemos decidido incluir El gabinete de un aficionado, que después de todo es una capítulo desgajado de La vida, instrucciones de uso publicado como una obra independiente, por razones de afinidad ajedrecística.



FICHA TÉCNICA
GEORGE PEREC
LA VIDA INSTRUCCIONES DE USO
ANAGRAMA. BARCELONA, 1988
TRADUCCIÓN DE JOSEP ESCUER

GEORGE PEREC
EL GABINETE DE UN AFICIONADO. HISTORIA DE UN CUADRO
ANAGRAMA. BARCELONA, 1989
TRADUCCIÓN DE MENENE GRAS BALAGUER

domingo, 26 de julio de 2020

DE VARIA INVENCIÓN CII

JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ
—Todos los vicios juntos ¿eh? —bromeó Totti mientras extraía del cajoncito las piezas Staunton 5 lacadas en mate-. El café, el licor, el tabaco y el ajedrez.


FICHA TÉCNICA
JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ
EL DILEMA DE SPASSKI
EDICIONES IDEA. SANTA CRUZ DE TENERIFE/LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, 2010


El fotograma muestra a Meg White, batería del grupo de rock The White Stripes, en una escena de la película de 2003 Coffee & Cigarettes de Jim Jarmusch

sábado, 25 de julio de 2020

EL DILEMA DE SPASSKY

La primera novela de Juan Carlos Domínguez, profesor de Filosofía del Derecho y antiguo directivo de la Federación Canaria de Ajedrez, plantea un interesante problema relacionado con el ajedrez, como su título, El dilema de Spassky, anticipa.

La novela, bajo la apariencia de una historia de intriga, con muertes sospechosas e intereses encontrados, plantea la vieja oposición entre la tradición y la modernidad o, dicho de otro modo, entre el conservacionismo y la gentrificación que nuestro mundo globalizado ha puesto en el centro del desarrollo económico.



Un joven periodista canario va a cubrir la muerte de un arqueólogo peninsular que está trabajando en la excavación de un antiguo convento franciscano. Lo que parecía un accidente laboral sin más pronto toma un aspecto preocupante. La obra está en el centro de un conflicto clásico entre conservacionismo y desarrollo económico.

Nuestro protagonista está pasando un mal momento personal. Abandonado por su mujer, sin hogar, duerme un viejo barco que le ha dejado un amigo. Es bohemio y escéptico, aunque sin llegar a ser un cínico. Desde el principio sabemos que es aficionado al ajedrez

Me levantaba temprano, comía por la playa, leía cuentos de Monterroso, por las noches jugaba al ajedrez por Internet.

Además tiene interiorizado el juego hasta el punto de referenciar la realidad con comparaciones alusivas al juego. Me explico. La primera vez que acude a la excavación observa que los arqueólogos han cuadriculado el terreno con un eje numérico y otro alfabético. Se detiene delante de h8 y comenta que en vez de una torre negra hay un agujero.

El planteamiento básico queda rápidamente claro. Una muerte —posteriormente serán dos— sospechosa en un contexto que plantea el enfrentamiento entre un grupo de inversores, que quieren convertir en un resort de lujo un ruinoso monasterio situado en un lugar dejado de la mano de dios (sin ningún respeto por la fidelidad histórica, claro está) con un grupo ecologista, ruidoso pero con poco apoyo económico y político. El pueblo se divide igualmente entre los que ven el negocio y los que apelan a las tradiciones y al fundamentalismo religioso para oponerse.

El desarrollo del argumento se pierde quizá en demasiadas vueltas: la historia de la majorería, la de Betancuria, la de Raimon Llull —todas ellas fascinantes, desde luego—, los problemas del turismo y el desarrollo económico frente a la protección del patrimonio y las costumbres autóctonas. Al autor le pasa factura su propia erudición —por ahí deambulan Freud, Jung y hasta Propp y sus teorías sobre el cuento tradicional— y una acusada tendencia a querer meterlo todo en el libro. Tanto hay que a veces se nos olvida de qué va la historia.

Al final, en un giro inesperado y ciertamente original, descubrimos que no hay caso o, al menos que este no era lo que los protagonistas habían pensado. Lo que había sucedido era más banal —ruego que no se lea como peyorativo—: infidelidades, intereses económicos, xenofobia (que ya sabemos que casi siempre es aporofobia). En fin, la vida misma...

Y pasando a lo que nos interesa, que es el ajedrez, vemos que ya desde el título está presente en la novela: El dilema de Spassky. En muchas novelas, especialmente en las de serie negra, se da un encuentro entre los antagonistas, encuentro en el que se miden, se estudian y calculan sus fuerzas. En El dilema de Spassky este hecho se da entre el periodista protagonista y un empresario que tiene todos los pronunciamientos favorables para ser el malo de la película. Este encuentro se da entorno a una partida de ajedrez. Ambos personajes son aficionados y tienen idea, aunque sea somera, de aperturas, estrategia e historia del juego. La partida que disputan transcurre por los senderos de la variante Najdorf de la defensa Siciliana, una de las más populares del ajedrez magistral. Concretamente juegan la subvariante llamada «del peón envenenado», la favorita del undécimo Campeón del Mundo de Ajedrez, Robert James Fischer.

Mientras los personajes se tantean, nos enteramos del desarrollo de la partida.

1. e4 c5 2. ♘f3 d6 3. d4 cd4 4. ♘d4 ♞f6 5. ♘c3 a6 6. ♗g5 e6 7. f4 ♛b6 8. ♕d2 ♛b2 9. ♘b3 ♛a3 10. ♗f6 gf6 11. ♗e2 h5 12. O-O ♞c6 13. ♔h1 ♝d7

Se ha seguido jugada a jugada la undécima partida del match por el título del mundo disputado entre Boris Spassky y Robert Fischer en Reikiavik en 1972. En este momento, después de la decimotercera jugada de las negras, el empresario, que defendía ese bando, dice al periodista que debe «enfrentarse al dilema de Spassky». Ante la incomprensión de su rival, le explica lo que quiere decir: Antes de comenzar el match, se suponía que uno de los talones de Aquiles de Fischer era la previsibilidad de sus aperturas. Era de suponer que Spassky estaría bien preparado contra el repertorio habitual de Fischer (peón envenenado incluido). Fischer se encargó rápidamente de echar por tierra aquella presunción empleando un buen número de de aperturas inéditas en su práctica anterior. Así pues, en la undécima partida, Spassky podría por fin verificar lo acertado de su preparación teórica. El dilema sería que durante la partida, el campeón ruso descubriría una jugada no prevista en sus análisis caseros. Dicha jugada parecía ser mejor que lo analizado por su equipo, pero por supuesto, era más arriesgado. ¿Debía Spassky arriesgarse o no? ¿Seguir su inspiración o resignarse a lo ya conocido? ¿Qué repercusión podría tener su decisión? ¿Podría ser considerado un acto de individualismo (un grave defecto a los ojos de la ortodoxia soviética)?


Posición en que se planteó el supuesto dilema de Spassky

El empresario plantea esta cuestión de forma deliberada. Está intentando corromper al periodista. Pone ante él lo que a su modo de ver fue «el dilema de Spassky»: seguir instalado en sus pequeñas certezas o arriesgarse a entrar en un terreno desconocido pero excitante.

Spassky jugó 14. b1 después de más de veinte minutos de reflexión. Arguyó que había encontrado la jugada sobre el tablero y que no era, por tanto, fruto de la preparación casera. Habría escogido, pues, lo nuevo. En la época era un lugar común hablar de la «pereza» de Spassky a la hora de prepararse y estudiar. Siempre confiando en que sabría encontrar las respuestas sobre el tablero. En cualquier caso, es casi seguro que debió ir bien preparado contra el repertorio de Fischer, en el que el peón envenenado ocupaba un lugar destacado. Sin embargo, no se menciona en la novela que en la séptima partida del match ya se había jugado la variante del peón envenenado. En esa partida, Spassky eligió una jugada diferente. Fischer se había puesto por delante en el marcador después de su victoria en la sexta partida. Es de suponer que lo que tuviera preparado el laboratorio soviético fuera lo jugado en esa partida (que terminó en tablas después de un juego muy complicado y en el que ambos jugadores desperdiciaron ocasiones). Lo sucedido en la undécima sería solo el plan B, algo preparado en Reikiavik sobre la marcha, o algo que efectivamente Spassky halló sobre el tablero.

Los críticos con Spassky argumentan que la casi media hora que el soviético empleó en 14. b1 la empleó en recordar las variantes o incluso en disimular para que Fischer se confiase. Todo, defienden, fue fruto del laboratorio soviético; nada del ajedrecista ruso. Redundando en esta idea, los partidarios concluyen que Fischer decidió entrar en esa línea —recordemos que a lo largo del match había evitado las líneas habituales de su repertorio— porque la ventaja de tres puntos que llevaba en el marcador le animó a provocar a Spassky para saber lo que Moscú había preparado contra él (de nuevo nos olvidamos que en la séptima partida ya se había jugado esa variante).

Para el empresario, el dilema planteado era la duda entre aceptar una idea nueva o plegarse a lo conocido. El periodista entiende que el verdadero dilema se planteaba entre pensar por sí mismo o aceptar lo que otros habían pensado por él.

Nunca sabremos si Spassky se enfrentó a un dilema en la undécima partida de Reikiavik (yo creo que no) pero si se había enfrentado a uno muy poco tiempo antes, Y lo había despejado de forma inequívoca. Y era un dilema importante. Simplemente jugar el match. Es sabido que desde Moscú le ordenaron volver después de la incomparecencia de Fischer en la segunda partida. Muchos lo hubieran entendido, porque el norteamericano parecía empecinado en hacer inviable el encuentro con continuos desplantes hacia la organización y su rival. Spassky resistió las presiones de su gobierno (por lo que tuvo que sufrir represalias en el futuro) y quiso jugar pasara lo que pasara. Pero que pasara delante del tablero. Probablemente ni siquiera fuera un dilema. Quizá fue solo una cuestión de ética.




FICHA TÉCNICA
JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ
EL DILEMA DE SPASSKI
EDICIONES IDEA. SANTA CRUZ DE TENERIFE/LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, 2010
ILUSTRACIÓN LLÜISA SIMÓN I GISPERT