domingo, 30 de noviembre de 2025

LA DEBILIDAD DE LOS PEONES

La debilidad de los peones cuenta la historia de un hombre gris que vive en una ciudad gris de un gris país. Una desgraciada serie de hechos, fortuitos y banales, lo lleva a la cárcel, donde todos sus intentos de defenderse desembocan en el agravamiento de las acusaciones que pesan sobre él.

Un trabajo aburrido, una novia aburrida en una relación cuasicélibe y el único esparcimiento de una visita semanal de apenas un par de horas a una escuela de ajedrez, en la que intenta mejorar su comprensión del juego, constituía su vida antes de que se desencadenara la tragedia.

Articulada como un largo monólogo lleno de digresiones, a través de las cuales conocemos las opiniones del protagonista sobre todo lo humano y casi todo lo divino, la narración está ambientada en un país de la órbita soviética antes de la caída del Telón de Acero. Esto, en mi opinión, resta efectividad a la obra porque reduce a una ideología y a una época concretas lo que puede considerarse universal: la insignificancia del individuo frente al poder, la angustia del inocente ante la ley —eso que Kafka desarrolló de forma magistral en tantas de sus obras—, la corrupción de los poderosos, la indiferencia del grupo ante el dolor individual…

Ya hemos dicho que el protagonista va a una escuela de ajedrez, y el ajedrez es una actividad importante tanto en su vida —en un momento dado reconoce que solo le interesa el ajedrez— como en la estructura de la novela, cuyo título resume metafóricamente el contenido.

Casanova repasa multitud de tópicos ajedrecísticos, aunque en muchos de ellos da una vuelta de tuerca irónica a esos temas. Ni el ajedrez es como la vida, ya que en esta la muerte siempre gana la partida, ni la equidad del juego es tal, pues la iniciativa de las blancas les otorga ventaja. También es acertada la percepción del protagonista de ser un peón aislado, atacado por todas las piezas enemigas.

Sin embargo, cuando desciende al detalle, la verosimilitud se resiente. Ni la forma en que dice que se obtienen las normas de maestro, ni las partidas que propone (una de ellas se aplaza tras solo dos jugadas: 1.e4 f5; otra, llamada apertura de los cuatro caballos, no existe en la práctica magistral: 1. Cf3 Cf6 2. Cc3 Cc6), ni los apuntes sobre historia del ajedrez son acertados.

Pero, sobre todo, sorprende una confesión inaudita del protagonista: no tiene tablero en su casa (vive en una modesta pensión). Afirma que le basta con acudir a la Escuela, donde hay juegos de ajedrez y libros en abundancia. Poco probable en alguien que poco antes ha dicho que el ajedrez es lo que más le interesa en la vida. ¿Qué ajedrecista reprime estudiar ajedrez? ¿O seguir la actualidad? ¿O resolver problemas?

Y más aún: cuando, obligado por el arresto domiciliario al que es sometido, se hace por fin con un tablero y unas piezas de ajedrez, solo se le ocurre decir que jugar contra uno mismo le parece ridículo. Y peligroso, añadimos, recordando el precedente del Dr. B. Pero reducir el ajedrez a su vertiente competitiva, a solo jugar, es minimizarlo. Los ajedrecistas, cuando están solos y tienen tiempo, estudian aperturas, finales, partidas clásicas; pulen su juego a la espera del siguiente reto. De hecho, en una situación como la suya —y ya nos ha recordado que el ajedrez es un poderoso bálsamo contra la preocupación—, la elección más sensata habría sido un libro. Un buen libro de problemas, que se pueden resolver sin tablero y que servirían tanto de entretenimiento como de entrenamiento.

Pese a los aspectos mejorables en el aspecto ajedrecístico, la novela ofrece una poderosa lectura del enfrentamiento individuo/poder y de cómo aquel, el peón, fácilmente sacrificable y débil por naturaleza, lleva siempre las de perder.

FICHA TÉCNICA
SANTIAGO CASANOVA
LA DEBILIDAD DE LOS PEONES
RBA. BARCELONA, 2025


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