CUANDO JUEGAS AL AJEDREZ SOLO, SIEMPRE ES TU TURNO
When you play chess alone it's always your move
Charles Simic
School for visionaries
Jackstraws
Harcourt Brace. New York, 1999
Ilustración Luca Morelli
Bajo este título, tomado de la revista que Javier Carpintero editó a mediados de la década de los 90, pretendo comentar las relaciones que el ajedrez ha mantenido y mantiene con la literatura y las artes plásticas.
CUANDO JUEGAS AL AJEDREZ SOLO, SIEMPRE ES TU TURNO
When you play chess alone it's always your move
Recientemente me di cuenta de que en mi pasado hay otra cosa que contribuyó a mi perseverancia en la escritura de poemas, y es mi amor al ajedrez. Aprendí el juego a los seis años, en tiempos de guerra en Belgrado, gracias a un profesor de astronomía retirado y durante los años siguientes me hice lo suficientemente bueno para derrotar no sólo a los niños de mi edad, sino a muchos de los adultos del barrio. Mis primeras noches de insomnio, lo recuerdo, se debieron a los juegos que perdí y que repasaba en mi cabeza. El ajedrez me volvió obsesivo y tenaz. Ya desde entonces no olvidaba cada movimiento erróneo, cada humillante derrota. Adoraba los juegos en los que ambos lados eran reducidos a unas pocas piezas y en el que cada movimiento era importantísimo. Incluso hoy en día, cuando mi oponente es un programa de computadora (yo lo llamo “Dios”) que me derrota en ingenio nueve de cada diez ocasiones, me quedo pasmado ante su inteligencia superior, pero encuentro mis derrotas mucho más interesantes que mis infrecuentes victorias. El tipo de poemas que escribo —en su mayoría breves y que requieren interminables retoques— me recuerda los juegos de ajedrez. Su éxito depende de que palabra e imagen sean puestos en el orden adecuado y sus finales tienen que poseer la inevitabilidad y la sorpresa de un jaque mate ejecutado con elegancia.