domingo, 30 de agosto de 2020

PIERRE JAMET

Pierre Jamet (1910-2000) dividió su tiempo entre la música y la fotografía. Antes tuvo que desempeñar un sin fin de ocupaciones para subsistir: mecanógrafo, figurante, bailarín, modelo y hasta radiotelegrafista de la marina mercante.

En los años treinta, Jamet comenzó a cantar en el coro de la Asociación de Artistas y Escritores Revolucionarios y colaboró de forma muy estrecha con el grupo Octubre, una compañía teatral ambulante de ideología izquierdista que hizo un teatro muy crítico con el orden establecido, casi siempre de la pluma del poeta Jacques Prévert. Los de Octubre recorrían fábricas, acudían a manifestaciones y actuaban para los huelguistas para dar visibilidad a sus ideas. 

Finalizada la II Guerra Mundial, Jamet se incorporó a un cuarteto que después de probar con varios nombres adoptaría definitivamente el de Les Quatre Barbus (Los cuatro barbudos). El cuarteto obtuvo tal éxito que llegó a grabar treinta álbumes, además de realizar multitud de giras por el universo de la francofonía. Su repertorio era bastante ecléctico: canciones populares, canciones infantiles, canciones de cabaret —en la línea de Brassens y Boris Vian—, canciones eróticas —para parte de la crítica meramente obscenas— para despedirse por todo lo alto en 1969, año de su disolución, con un álbum de canciones anarquistas.

Paralelamente a la musical, Jamet desarrolló una notable carrera como fotógrafo. En la preguerra publica sus fotos en la revista Regards, donde comparte páginas con otros grandes de la fotografía como Capa (hay que recordar que en esta época bajo el nombre de Capa trabajaban Gerda Taro y Ernö Friedmann), Chim y Cartier-Bresson.

En la época del Frente Popular (coalición de partidos de izquierdas que gobernó Francia entre 1936 y 1938) participó de las ideas del subsecretario de Estado para los Deportes y el Tiempo Libre, Léo Lagrange, para impulsar los albergues juveniles y extender el ocio y la práctica del deporte a la clase obrera (quizá no sea del todo ocioso recordar que hasta esta época tomar vacaciones no era cosa precisamente de pobres). Una parte importante de su obra fotográfica recoge las actividades en dichos albergues, ya que dirigió uno en Belle-Île-en-Mer, una isla bretona a la que se sintió siempre muy unido.

La obra de Pierre Jamet se entronca con la corriente conocida como fotografía humanista. Su objetivo fue siempre la gente: cómo vive, en qué trabaja, cómo se divierte... incluso cómo duerme. Aunque sus temas preferidos parten de documentar la vida de gente anónima, no desdeña retratar a personajes conocidos, fundamentalmente de la farándula. El poeta Jacques Prévert, con el que colaboró en el grupo Octubre, fue uno de ellos. También posaron  cantantes como Georges Brassens, Juliette Gréco, France Gall o Serge Gainsbourg (del que ya comentamos su afición al ajedrez). O compañeros fotógrafos, como Robert Doisneau. 

Después de la guerra siguió documentando la vida de las personas, con especial interés en las transformaciones que experimentaba París. En vida no se tomó demasiado trabajo en difundir su obra y gran parte de su reconocimiento actual se debe a los esfuerzos de su hija Corinne por enseñar la obra de su padre.

En una carrera fotográfica que se extendió durante varias décadas es normal que se cruzara en algunas ocasiones con gente que jugaba al ajedrez. Lógicamente, no dejó de registrarlo. A continuación, unas pocas muestras.


Jugadores de ajedrez. 1936


Juego de ajedrez.
Belle-Île-en-Mer, 1938




Madre e hijo. Una partida de ajedrez. 1961


jueves, 27 de agosto de 2020

DAVIDE BONAZZI



Ilustración de Davide Bonazzi para la portada de la revista de Historia de la BBC World Histories. Acompañaba a un artículo que se preguntaba si «¿Ha jugado Rusia siempre bajo sus propias reglas?».

Las bulbosas cúpulas del Kremlin y el oso ruso (aquí los osos), rojos como quiere la tradición, se enfrentan a un juego de piezas blancas normales.



martes, 25 de agosto de 2020

JASON LEE PARRY

Las modelos Steffy Argelich y Delilah Parillo posan en Acapulco para la lente de Jason Lee Parry en un reportaje relizado para la marca de moda Faithfull the Brand





jueves, 20 de agosto de 2020

BUENA JUGADA


Good Move! (Blue Note, 1963) es el tercer álbum del organista norteamericano Freddie Roach.

La única referencia al ajedrez es la portada, en la que el músico posa delante de un historiado juego de ajedrez.


martes, 18 de agosto de 2020

LASKER POR VAN DER NAT


Caricatura del segundo campeón del mundo de ajedrez, el alemán Emanuel Lasker, por el artista de los Países Bajos Willem van der Nat (1864-1929)
 

sábado, 15 de agosto de 2020

TONE AANDERAA


Ajedrez, la dama espera es una obra de 2014 de la artista noruega Tone Aanderaa. Los animales y la naturaleza son frecuentes en su obra, que desprende siempre un halo misterioso y tiene un punto onírico. La velada dama espera a su rival acompañada por dos aves —blanca y negra como los colores del tablero— que se entretienen picoteando los trebejos.

En un tablero sin peones, como de costumbre mal colocado, la mujer está ganando la partida contra su ausente rival.

jueves, 13 de agosto de 2020

JAQUE MATE


Grabado de Benoît-Louis Henriquez (1732-1806) sobre una obra del pintor francés Charles Amédée Philippe van Loo (1719-1795) que no he logrado identificar. La obra se publicó en 1768.

La imagen muestra una escena conocida. Una pareja de enamorados está jugando una partida de ajedrez, que como sabemos era una de las actividades en la que los novios podían permitirse una cierta intimidad, aunque la familia se mantuviera vigilante en un segundo plano. 

En el transcurso de la partida la joven logra vencer a su adversario, lo que viene a significar el fin del cortejo y la consolidación del vínculo. Los novios pronto serán marido y mujer.

martes, 11 de agosto de 2020

PAUL STUART


Publicidad de la marca de ropa estadounidense Paul Stuart para la temporada de otoño invierno de 2012/13.

Parece sugerir que no hace falta una gran cabeza para jugar al ajedrez. 

domingo, 9 de agosto de 2020

ULISES CULEBRO

Ilustración de Ulises Culebro publicada en el diario El Mundo el sábado 8 de agosto de 2020. Acompañaba a un artículo de Francisco Rosell titulado Dar jaque mate al rey con un peón que comenta la crisis actual de la monarquía española y el debate abierto sobre la posibilidad de un referéndum sobre la forma de Estado.

Ilustra muy bien el poco arte que se gasta la prensa generalista (el título del artículo no la ilustración, que me parece buena) cuando pretende utilizar el ajedrez como metáfora de la actualidad política. Desde un punto de vista meramente ajedrecístico dar mate con un peón o con cualquiera de las otras piezas es absolutamente indiferente.

EL MAGO DE RIGA



Dice José María de la Loma en algún lugar de la novela que «la gente elige una excusa y los escritores elegimos un personaje». Y es verdad porque Mijaíl Tal es en este libro solo un pretexto. Asegura que no conocía nada de Tal hasta que un día dio con una crónica sobre él en un diario. El personaje le pareció interesante y se documentó sobre su vida y sobre el ajedrez para escribir esta novela. Novela, no biografía. Pronto queda claro que esto es así. El Tal que comienza a emerger desde las primeras páginas no parece verosímil. Nada verosímil. A estas alturas es de imaginar el enfado del lector ajedrecista que esperase encontrar en el libro la vida del octavo Campeón del Mundo contada hasta sus más mínimos detalles.

Espaciadamente, porque el libro se explaya en enormes digresiones (sobre otros ajedrecistas, sobre escritores, sobre el hecho mismo de escribir) van desgranándose las anécdotas sobre Tal que, mil veces repetidas, ni siquiera parecen mejor documentadas que en el más apresurado texto periodístico. Algunas están equivocadas, sin más. Además faltan algunas de las más surrealistas, como la célebre de cómo sacar a un hipopótamo de un pantano.

Algunos errores son tan delirantes —confundir el segundo apellido de Arturo Pomar (Salamanca) con  su lugar de nacimiento; llamar Terán repetidas veces a Román Torán— que he llegado a sospechar si no serían intencionados. No en vano el autor dice que «toda esta novela» es una licencia.

Superado el estupor inicial, yo tampoco esperaba esto, empecé a cogerle el gusto a la cosa. La novela está escrita en un tono muy ágil con frases cortas y sentencias breves que hacen rápida y amena la lectura. Tal tiene poca importancia (o la tiene toda) pero el narrador, ya no me atrevo a decir el autor, empieza a opinar sobre todo lo que se le pone a tiro, sazonando el texto con gotas de un humor vitriólico y, a veces, un punto cínico. Como hemos dicho la literatura («¿Por qué se escribe?». «¿Para quién?». «¿Cuál es el misterio de la creación literaria?».  Y, estoy de acuerdo, la más inquietante: «¿Para qué sirve leer novelas?».) es una parte importante del libro. Surgen interesantes reflexiones de autores consagrados y descubrimos a algunos escritores letones poco conocidos en Moratalaz. 

Pero pronto todo se desmadra, la narración empieza a prestar más atención a los personajes secundarios que al principal, inventándose una vida para cada uno de ellos. Incluso a los objetos. La historia del ejemplar de la biografía de Tal escrito por Damsky que compra el narrador para documentarse ocupa más espacio que el análisis del contenido del libro. Nos enteramos de de quién lo compró, de la gente que lo leyó, de cómo terminó en una biblioteca pública al serle confiscado a un ladrón, de cómo ardió la biblioteca y de cómo el libro terminó en una librería de lance. Incluso se menciona a Voris Bian (sic) y esto ya no puede ser un error, tiene que ser intencionado.

Este es el tenor del libro. Desaconsejable si se quiere conocer a fondo la vida de Tal. Aconsejable si se quiere pasar un buen rato. Yo, al menos, lo pasé.

Quiero terminar con una cita de Tal que se menciona en la novela pero que no había leído nunca antes. Como no se aporta la fuente, y el libro es como es, no puedo asegurar que saliera de los labios de Tal. Pero me gusta, de hecho me gusta mucho más que algunas citas sobre ajedrez que circulan por ahí y no quiero dejar de consignarla. Un periodista argentino habría preguntado a Tal en un torneo disputado en Buenos Aires si tenía ganas de regresar a casa. Tal habría respondido:
mi casa es el tablero

A continuación una partida que se menciona en el libro. Torán-Tal, jugada en la República Federal de Alemania en 1961.



FICHA TÉCNICA
EL MAGO DE RIGA
JOSÉ MARÍA DE LOMA
EDICIONES ALGORFA. MÁLAGA, 2019

miércoles, 5 de agosto de 2020

COUCHI


Gustaf Lundberg (1685-1796) fue un retratista sueco de estilo rococó y el autor de este cuadro. 

El retratado es Adolf Ludvig Gustav Fredrik Albert Badin, llamado Couchi en su país natal. Capturado como esclavo de niño, fue regalado a la reina de Suecia Luisa Ulrika de Prusia y a su hija, la princesa Sofía Albertina. La reina, que estaba muy interesada en las ciencias y había leído a Rousseau y a Linneo, decidió efectuar un experimento y educar al niño. Se crió en la cercanía de la familia real y llegado a la edad adulta desempeñó diversos trabajos para la corte. Maestro de ballet, chambelán, secretario, asesor. Supongo que el experimento se consideraría un éxito. O no, ¿quién sabe?

Se le recuerda como hombre inteligente, reunió una notable biblioteca y escribió unos diarios en los que muestra su lealtad a la familia real. A la muerte de la reina se retiró al campo para administrar unas granjas que esta le había dejado en herencia. 

Como puede verse en el cuadro de Lundberg, la educación que recibió en la corte sueca incluyó el ajedrez.

martes, 4 de agosto de 2020

domingo, 2 de agosto de 2020

EL CASO WALLACE

En el ámbito británico está considerado como el segundo caso criminal más misterioso  de todos los tiempos, solo después de los crímenes de Jack, el Destripador. Los periódicos sensacionalistas británicos, los populares tabloides, dieron una cobertura especial a este acontecimiento, olfatearon la sangre y se lanzaron a degüello a desmenuzar los pormenores de la investigación y sus protagonistas. Los ríos de tinta generados por el caso habrían podido abastecer, como veremos más adelante, a un enorme océano. Es lo que se conocería como:

EL CASO WALLACE

Los hechos

Al anochecer del lunes 19 de enero de 1931, un anodino agente de seguros, William Herbert Wallace, se dirigió a su club de ajedrez para disputar una partida en un torneo local. Al llegar allí le dieron un recado: alguien había llamado por teléfono para concertar una cita profesional con él al día siguiente en cierta dirección de Liverpool. Wallace acudió a la cita, pero fue incapaz de encontrar la dirección que le habían proporcionado. La existencia de varias vías con nombres muy parecidos —se le había citado en el 25 de Menlove Gardens Este y había una avenida Menlove Gardens, incluso existían las calles Menlove Gardens Norte, Menlove Gardens Sur y Menlove Gardens Oeste, pero no existía una calle Menlove Gardens Este— complicó su búsqueda y se demoró un buen rato antes de darse por vencido. Tiempo después, al llegar a su hogar, Wallace descubrió que su esposa había sido brutalmente asesinada. Y cuando decimos brutalmente, queremos decir eso: brutalmente. 

Wallace fue detenido a los pocos días. Se le acusó de haber hecho él mismo la llamada para proporcionarse una coartada y que, en vez de ir en busca del misterioso y desconocido autor de la misma, asesinó a su esposa y luego perdió el tiempo necesario para dar verosimilitud a la historia y fingir haber descubierto el crimen a su regreso a casa. 

No se pudo establecer un motivo, la investigación no pudo sugerir un solo móvil: el matrimonio se llevaba bien, vivían con modestia pero no en la miseria, no constaban amantes ni nada que pudiera justificar el crimen. Tampoco se encontró el arma del crimen y ni un solo testigo pudo situar a Wallace en las cercanías de su domicilio, mientras varios, al contrario, lo situaron deambulando por las distintas Menlove Gardens de Liverpool. Pese a lo sangriento del asesinato —la víctima fue golpeada repetidas veces en la cabeza con un objeto contundente, probablemente el atizador de la chimenea que había desaparecido— en las ropas de Wallace no apareció ni una sola gota de sangre (se llegó a sugerir que había cometido el crimen desnudo). 

Parecía el crimen perfecto.


El juicio

Sin embargo, el jurado popular encontró culpable a Wallace. No había pruebas contra él, pero Wallace era un ser anodino y carente de cualquier tipo de carisma o habilidad social. No pudo, o no supo, contrarrestar la imagen que ofreció la prensa de él: un criminal frío e inteligente que había preparado el asesinato con la misma meticulosidad y eficacia con la que se componía un problema de ajedrez.

Fue condenado a la horca.

No debió, sin embargo, quedar la justicia británica con la conciencia muy tranquila porque poco después, en una decisión sin precedentes, el Tribunal Supremo anuló la sentencia. Wallace fue liberado y moriría solo dos años después clamando su inocencia a los cuatro vientos.

La investigación oficial y la investigación extraoficial

El caso ha generado una ingente cantidad de literatura. Criminólogos y periodistas de sucesos han desmenuzado cada aspecto de la investigación y publicado en distintos medios sus conclusiones. En las Chess Notes de Edgar Winter puede encontrarse un repaso bastante consistente a esas publicaciones.

Dada su condición de ajedrecista y su asistencia a un club de ajedrez —el Liverpool Central Chess Club— la noche anterior al asesinato, la investigación policial y luego la curiosidad de los lectores se centró en este hecho. Como hemos sugerido un poco más arriba, la condición de ajedrecista de Wallace parece haber jugado en su contra durante el juicio y la tremenda exposición mediática que lo acompañó. 

Wallace era un jugador mediocre, incluso para un jugador de club, pero que disfrutaba mucho jugando (¿les suena?). Asistía poco a la sede social porque no quería dejar sola a su mujer por la noche y prácticamente solo acudía a los campeonatos. Fundamentalmente jugó en su contra que declarara que su afición le había permitido enfrentarse a algunas de las mentes más brillantes de su época. Ya se ha dicho que las habilidades sociales de Wallace eran poco menos que inexistentes. Siendo como era un jugador de tercera categoría esto se interpretó como un rasgo de megalomanía que no podía sino demostrar aún más su mentalidad intrigante y su culpabilidad. Sin embargo, era verdad. Wallace se apuntaba a cuanta simultánea se jugara cerca de su lugar de residencia. A lo largo de los años se había enfrentado a jugadores como Kashdan, Blackburne y Capablanca. De los mejores del mundo, sin duda. Aunque se había medido a ellos en una exhibición donde los maestros jugaban en solitario contra veinte, treinta o incluso más jugadores aficionados. Sus defensores no acertaron a explicarlo. Posiblemente ni a comprenderlo.


La investigación prestó una especial atención a la llamada anónima recibida en el club de ajedrez. Era la coartada de Wallace. Demostrar que había sido el propio Wallace quién la hizo la desmontaría totalmente. Era pues vital averiguar quién la  había hecho —tanto la defensa como la acusación estaban de acuerdo en la persona que hizo la llamada era el asesino—. La cuestión radicaba en que la persona que llamó al club tenía que saber con absoluta certeza que Wallace iba a acudir ese día allí.

La acusación sostenía que nadie, salvo el propio Wallace, podía tener tal seguridad. La defensa argüía que cualquiera podía suponerlo. Wallace estaba disputando un campeonato por sistema liga y las rondas se habían publicado con semanas de antelación. Pero el caso se complicó porque Wallace había incomparecido varias veces en las rondas anteriores. Era por lo tanto posible que incompareciera también ese día.




Tiempo después de la anulación de la sentencia, pero culpable todavía a los ojos de una buena parte de la sociedad, Wallace concedió una entrevista. Entre otras muchas cosas habló de ajedrez, actividad que definió como una de las grandes pasiones de su vida. Se quejó de que no podía jugar con nadie porque nadie quería jugar con él, por lo que solo podía resolver problemas. Pero ni aún eso le permitía evadirse. No podía concentrarse, su mente le recordaba que hasta el ajedrez, que tanto le gustaba, había sido utilizado en su contra.

Opiniones

Quizá la fascinación que, aún hoy, sigue despertando el caso se deba a que prácticamente todos los indicios encontrados en la investigación podían ser interpretados a favor o en contra del acusado, como dijo la famosa escritora de novelas de intriga y policíacas Dorothy L. Sayer en su ensayo El asesinato de Julia Wallace. Eso, según Sayers, lo convertía en un fecundo campo para la especulación. Para terminar con una sentencia de aroma ajedrecístico:
El caso Wallace no tuvo un movimiento clave y terminó, de hecho, en una posición de ahogado. 
Raymond Chandler escribió en sus memorias que consideraba al caso Wallace el asesinato imposible. Wallace no pudo hacerlo, pero tampoco nadie más. Terminaba diciendo que era un caso irresoluble y que siempre permanecería así.

Otra autora de prestigio en el ámbito de la novela de intriga y policial, la dama del crimen, P.D. James, también le dedicó mucha atención al caso:

En su novela de 1982 The Skull Beneath the Skin (La calavera bajo la piel. Argos Vergara. Barcelona, 1983. Traducción de Iris Menéndez Salles) , P. D. James, resume magistralmente los hechos.
—Liverpool, enero de 1931. Wallace, William Herbert. Inofensivo agente de seguros trota de puerta en puerta recaudando unos peniques semanales en casa de pobres diablos muertos de miedo al pensar que no podrán pagar sus propios funerales. Aficionado al ajedrez y el violín. Casado un poco por encima de sus medios. Él y su esposa Julia vivían en fina pobreza, que es la peor pobreza de todas, por si no lo sabía, apartados del mundo. El 19 de enero, mientras él buscaba el domicilio de un cliente en ciernes, que podía existir o no, a Julia le golpean salvajemente la cabeza en el salón de su casa. Wallace fue procesado por homicidio, y un resuelto jurado de Liverpool, que probablemente no fue del todo imparcial, lo declaró culpable. Posteriormente el tribunal de apelaciones pasó a la historia jurídica anulando la sentencia en razón de que era arriesgado condenarlo ante la insuficiencia de pruebas. Le soltaron y dos años más tarde murió de una enfermedad renal, mucho más lenta y dolorosamente que si le hubieran ahorcado. Es un caso fascinante. Las pruebas siempre pueden apuntar en cualquier dirección, según la forma en que uno las interprete. A veces permanezco despierto toda la noche pensando en esto. El peligro de cómo puede orientarse mal un caso si a la policía se le mete en la cabeza que tiene que ser el marido, debería ser asignatura obligatoria en los estudios que capacitan para una pesquisa policial.

Y en 2003, en su penúltima novela, The Murder Room (Faber&Faber. London, 2003. Hay edición en castellano. La sala del crimen. Ediciones B. Barcelona, 2003) insistió en el tema (no vamos a repetir la descripción que da pues es muy parecida a la precedente). Todavía en 2013, a los 93 años y solo uno antes de su muerte, James afirmó haber resuelto el misterio, alineándose de paso con los que consideraban a Wallace culpable.

Edgard Lustgarten, otro de los autores que han publicado sobre el caso, también recurrió al ajedrez para explicarlo: «tiene la desesperante y frustrante fascinación de un problema de ajedrez que termina en jaque perpetuo». Aunque no sabemos muy bien qué quiso decir con ello.

 

One Foot on the Grave (Con un pie en la tumba)

En 1952, el prolífico escritor británico Sydney Walter Martin Cumberland —quien escribía bajo el seudónimo de Marten Cumberland—  publicó la novela One Foot on the Grave que está basada directamente en ese caso.

Cumberland cultivó preferentemente el género policíaco y uno de sus personajes recurrentes es el comisario de la Sûreté Saturnin Dax. Dax es un policía obeso, temeroso de las corrientes de aire y del frío, metódico y escéptico con todo aquello que no puede ser demostrado empíricamente.

Al ser su protagonista francés, no es de extrañar que Cumberland sitúe la acción en París. Pero solo cambia el emplazamiento y los nombres de los personajes, el resto de los acontecimientos son idénticos a los del caso Wallace. Igual la llamada anónima de teléfono al club de ajedrez, igual el carácter del marido de la mujer asesinada, igual la reacción de la prensa, igual el juicio, la condena y la revocación de la misma. Igual el juicio paralelo que la opinión pública —la temible opinión pública— se hace del caso.



Lo que no es igual es que en la realidad no existe Saturnin Dax y en la novela sí. Dax revisa el caso de cabo a rabo, verifica pruebas, recupera anímicamente al acusado para que intente aportar algo nuevo a la investigación, gana para su causa al equipo investigador original, busca explicaciones a lo que no se ha explicado suficientemente, se esfuerza en comprender el porqué de la animadversión que suscita Thollon (así se llama el Wallace francés), se infiltra en el club de ajedrez, estudia la personalidad de cada socio e investiga a quien le parece sospechoso. 

Por fin, logra aislar a un sospechoso y consigue, después de someterlo a una vigilancia intensiva e investigarlo a fondo, que confiese ser el asesino. Cumberland se alinea, como vemos, con los partidarios de la inocencia de Wallace. Todos contentos, tenemos un culpable claro. El crimen nunca paga.



La novela se estructura en dos partes y cada una de estas en capítulos desiguales en tamaño. Todos los capítulos tienen una referencia al ajedrez que intentan describir algo de lo que se cuenta en cada uno de ellos. «Las piezas están listas» se titula por ejemplo, el primer capítulo. Luego hay otros con títulos como «Gambito», «Al paso», «J'adoube», Defensa Siciliana» o «¡Jaque!». 


En general, la novela desprende un persistente olor a naftalina. Sin embargo, pone el acento en un hecho tan lamentable como actual: la manipulación de la opinión pública por parte de quienes debieran estar para servirla.

FICHA TÉCNICA
MARTEN CUMBERLAND
CON UN PIE EN LA TUMBA
EDICIONES G. P. BARCELONA, 1959

sábado, 1 de agosto de 2020

NONA



Nona Gaprindashvili fue la sexta campeona del mundo de ajedrez y la primera mujer en obtener el título de Gran Maestro absoluto. Durante dieciocho años reinó en el ajedrez femenino sin discusión, obteniendo algunos resultados muy meritorios en torneos abiertos (con participación tanto masculina como femenina).

La georgiana obtuvo todas las distinciones que la Unión Soviética reservaba para los deportistas: Maestra del Deporte de la Unión Soviética, Medalla de la Distinción Laboral, Orden de la Insignia de Honor y Orden de Lenin. En la Georgia independiente recibió la Orden de la Excelencia por su contribución a dar a conocer la imagen del país en el exterior.

Lo georgianos, entre los que es muy popular, decidieron regalarle en 1975 un presente digno de las diosas del cine. Un perfume. La empresa Iveria de Tiflis diseñó un nuevo perfume con su nombre: Nona. El frasquito, no podía ser de otra forma, es una reina.