Acerca de Roderer es, en parte, una novela sobre la inteligencia. Y, siempre que tratamos sobre ello, traemos a colación la afirmación de un personaje de Goethe que señala que el ajedrez es su piedra de toque.
En Acerca de Roderer se oponen dos tipos de inteligencia. La del innominado narrador, en quien no falta quien ve un trasunto de Guillermo Martínez, el novelista, por más que su papel en la trama no sea el más lucido. Y la de Roderer, el personaje que da nombre al libro y sobre el que se articula toda la trama.
Un tercer personaje los va a definir de la siguiente forma: el narrador tendría una inteligencia asimilativa y todo le resulta fácil. Es el tipo de inteligencia que conduce al éxito; el tipo de inteligencia que sabe dar utilidad práctica a los conocimientos.
Roderer tendría otro tipo de inteligencia. La que lo cuestiona todo, la que nunca está satisfecha. Obsesiva, maníaca, torturada. Es el tipo de inteligencia que conduce al genio, aunque a veces se despeña por el exceso, por la locura.
Quizá lo que está oponiendo el novelista no sea sino una manifestación más de la oposición tradicional entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la razón y el orden y el caos y la pasión.
Al principio del texto, ambos protagonistas se enfrentan en una partida de ajedrez.
El narrador se presenta a sí mismo como un jugador de club. Alguien que prepara las partidas, que estudia aperturas, que maneja publicaciones técnicas y que tiene aspiraciones deportivas, aunque sea solo a escala local.
Roderer es un jugador desconcertante. El narrador no acierta a comprender su juego, que le parece extraño, pero, a la vez, profundo y sutil. Al final logrará imponerse en un final de peones. Más adelante, reconocerá un interés solo relativo por el ajedrez. No jugaba por deporte ni mucho menos por entretenimiento. Jugaba para probar algo.
El narrador reconocerá que la partida sería un resumen de lo que luego sería su relación. Incomprensión teñida de admiración. La idea de que había un solo contendiente: él. Roderer estaba a otra cosa. Jugaba a otro juego y en otra dimensión.
El desarrollo de la trama sigue el camino propuesto para ambos contendientes. El narrador cursa exitosamente sus estudios, viaja por el mundo y obtiene una beca para Cambridge, la meca de los matemáticos. Lo que él quiere ser.
Roderer se enfrasca en una oscura investigación. Desdeña la educación formal, que no puede enseñarle nada de lo que a él le interesa, y se abisma en una obsesiva búsqueda de la totalidad. De lo absoluto.
Guillermo Martínez, quien ha manifestado en alguna ocasión que esta, su primera novela, es también la más querida, ha comentado la génesis de la historia.
El autor conoció de forma casual, mientras cursaba sus estudios secundarios, a dos adolescentes que parecían brillar en la oscuridad de sus cuartos para sí mismos, sin necesidad de público alguno. Uno de ellos había aprendido a jugar al ajedrez solo. Pese a ello, había alcanzado una competencia razonable. Un día, sin embargo, abandonó el juego de forma abrupta. El otro pintaba obsesivamente en su habitación extraños cuadros. Roderer es una mezcla de esos dos jóvenes. Ambos solitarios, ambos retraídos, ambos sin padre, criados solo por la madre.
Por otra parte, Guillermo Martínez contó su temprano acercamiento al ajedrez. Aprendió con su padre, en 1971, a rebufo de la efervescencia que provocó en Argentina el match Fischer-Petrosian, disputado en Buenos Aires. Martínez seguía, acompañado por sus hermanos y su progenitor, la retransmisión radiofónica de las partidas. Juntos intentaban adivinar las jugadas de los contendientes.
Quizá no sean casuales los parecidos entre el undécimo campeón del mundo de ajedrez, Robert James Fischer, con el protagonista de la novela. Adolescentes ensimismados, con una inteligencia natural que lo cuestiona todo, que prescinden desde muy jóvenes de una educación reglada que juzgan que no les va a aportar nada a sus objetivos, que se crían sin padre, solos con su madre, que trabajan incansablemente, hasta febrilmente, para alcanzar un conocimiento total, absoluto. Es cierto que Fischer brilló para el mundo entero, a diferencia de los adolescentes que Guillermo Martínez conoció en su juventud y que tomaron cuerpo posteriormente en Roderer, aunque su destino no dejó de tener un componente trágico.
Volviendo al libro, el narrador no puede, pese a todo, ocultar su fascinación por Roderer, por la amplitud y profundidad de sus conocimientos, por la determinación casi fáustica con que afronta su investigación, por su desdén absoluto hacia el mundo y sus placeres, por la imperturbabilidad con la que se enfrenta a un destino fatal. De alguna forma, ha sucumbido al sentir general de que Roderer es más inteligente que él, que la victoria en la partida de ajedrez había anunciado ese hecho.
De forma significativa, Guillermo Martínez considera que hay dos partidas en el libro: la que gana Roderer en las primeras páginas y la que se desarrolla durante el resto de la novela y que es una suerte de venganza del narrador sobre su amigo/rival. Venganza que culminará cuando el narrador desestime ser quien dé cuerpo a las investigaciones de un Roderer enfermo terminal, redactando su teoría. Negativa que no puede ser más pueril y cruel: no puede escuchar sus conclusiones porque ha quedado a cenar con su familia. Por supuesto, el novelista no comete el error de aclarar si el resultado de la investigación de Roderer tenía entidad o fue solo el fruto de una mente enloquecida.
Si tuviéramos que incluir Acerca de Roderer en una Historia de la Literatura Artedrecística, la pondríamos en la categoría principal. El ajedrez apenas ocupa unas líneas en la novela, un par de párrafos en los que se habla un poco de aperturas y se comenta el desarrollo de una partida, y unos cuantos más en los que se dan algunas referencias a las ambiciones deportivas del narrador. Poco más. Sin embargo, su importancia simbólica es mayor: jerarquiza desde el principio a los personajes y define la dialéctica que se establece entre ellos. El narrador, aupado sobre la superioridad intelectual que cree poseer frente a sus vecinos, desdeña los juegos de cartas que se disputan en el café donde se reúnen los ajedrecistas, y desprecia, considerándolo «una oscura inversión de la inteligencia», a los que abandonan la fría razón del ajedrez por el azar de los naipes. Roderer, por su parte, considera el ajedrez un medio, «un modelo a pequeña escala» de otra cosa más importante.
La obra de Guillermo Martínez ha merecido diversas reediciones desde su publicación. Muchas de las cubiertas presentan un tema ajedrecístico.
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| Edición en rústica de 1992 de Planeta |
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| Edición en rústica de Planeta de 1999 |
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| Edición en rústica de 2012 de Booklet |
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| Edición de 2019 en rústica por Booket |
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| Edición rústica de 2024 por Planeta |
FICHA TÉCNICA
GUILLERMO MARTÍNEZ
ACERCA DE RODERER
PLANETA. BUENOS AIRES, 1993






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