Alfred Kubin (1877-1959) fue un escritor y artista plástico austrohúngaro de origen checo. Como artista, fue uno de los impulsores del expresionismo y participó en la exposición fundacional del grupo Der Blaue Reiter, junto a Kandinsky, Klee y Marc. En Kubin destaca su gusto por lo fantástico, lo que le llevó a ilustrar obras de E. A. Poe, E. T. A. Hoffmann o El barón de Münchausen, de Gottfried Bürger.
Su obra es oscura y pesadillesca, con una imaginería en la que abundan las figuras espectrales, los seres bestiales y las situaciones dramáticas o directamente horribles. Su iconografía influyó notablemente en algunos directores de cine del Expresionismo alemán.
Su literatura se mueve también en el ámbito de lo fantástico, siendo su obra más relevante, La otra parte, una distopía de carácter apocalíptico con ecos kafkianos (aunque como eran contemporáneos y amigos no se sabe bien quién influyó a quién).
Resumida muy sumariamente, la novela cuenta la historia de un joven artista que se desplaza a Perla, la capital del Reino de los Sueños, fundada por un antiguo condiscípulo suyo en el Asia Central tras acceder a una riqueza fabulosa. El Reino de los Sueños sería un refugio contra lo moderno, un lugar donde la espiritualidad guía los designios de la sociedad.
Sin embargo, la realidad es muy distinta: alejado de cualquier utopía, todo parece triste, destartalado y pobre. El transcurso de la vida cotidiana es disparatado y las enfermedades físicas y morales campan por sus fueros. La acción progresa entre lo onírico y lo absurdo y, al final, el libro retrata una sociedad distópica, alejada de cualquier bienestar.
La novela, muy compleja, parece ofrecer una metáfora de la sociedad moderna: un mundo en el que los habitantes ven sus problemas, pero son incapaces de reaccionar y siguen funcionando como un rebaño frente a lo que se dicta desde el poder; un mundo donde la «mejor filosofía» es «trabajar mucho» y «conformarse con poco». El mensaje que aún hoy se nos transmite machaconamente desde los ámbitos del poder: la resignación.
El narrador de la novela sugiere en las últimas páginas que todo ha sido un sueño. Y concluye que la vida es la tensión entre la pulsión de muerte y la pulsión de vida y que todo es una lucha, para terminar con una frase tan desconcertante como enigmática:
el demiurgo es hermafrodita.
En el Café, el tabernero iba de mesa en mesa saludando a los parroquianos con una sonrisa falsa y estúpida. Tan solo se quedaba quieto ante los ajedrecistas, cuyo juego seguía con gran seriedad, aunque no tuviera la menor idea de lo que estaba pasando.
Los dos ajedrecistas semejaban muñecos de madera, fascinados uno por el otro.
Como de costumbre, los dos ajedrecistas estaban allí sentados y sus siluetas evocaban dos idolillos chinos tallados en madera.
Los ajedrecistas seguían ensimismados.
Los jugadores de ajedrez eran los únicos que permanecían imperturbables.
...por la ventana del Café, vio cómo uno de los ajedrecistas hacía una jugada. De ello dedujo que estos dos, al igual que él, habían sido respetados por la enfermedad.O una plaga de insectos:
Y durante la crisis final:Muchísimo sufrieron también los dos ajedrecistas. A los dos ancianos caballeros, que vivían totalmente sojuzgados por su pasión lúdica, les parecía tan complicado hacer cualquier movimiento corporal que se pasaban horas haciendo cálculos para poder mover alguno de sus miembros. Era evidente que, dada la proliferación de sabandijas, aquella torpeza les ponía en una situación bastante crítica. Por ello nos pareció muy loable la actitud de una señorita que, habiendo observado un día el sufrimiento de ambos jugadores mientras tomaba el té, se acercó a ellos y, sin ningún temor, empezó a sacudir los chinches y hormigas de sus trajes. Y, claro está, nadie quiso quedarse atrás. Si hasta entonces nos habíamos reído del espectáculo que ofrecían aquellas dos caras contorsionadas, a partir de ese día todos los clientes adquirieron la costumbre de rascar a los dos señores cada vez que entraban o salían. Como puede verse, incluso en tiempos tan adversos no desapareció del todo el sentimiento de solidaridad para con los que sufrían.
El cristal de una de las ventanas había permanecido milagrosamente intacto, y a través de él se podían ver dos altos montoncillos de hormigas. Se advertían también unos cuantos huesecitos blancos, y entre ambas cosas había una mesa de ajedrez sobre la que se hallaba dispuesto un hermoso jaque mate.
Luego cerró y abandonó el local: imposible esperar nuevos ingresos. Los ajedrecistas se quedaron dentro.
Es difícil saber qué quiso simbolizar Kubin con los ajedrecistas, pero su comportamiento puede llevar a algunas conclusiones. Por ejemplo, que sea una muestra de la alienación contemporánea: la búsqueda de una salvación personal en el sistema cerrado, lógico y abstracto del ajedrez, que hace olvidar el mundo real y sus contingencias. O la persistencia de algo en el fondo trivial, como es un juego, frente a lo esencial de las transformaciones sociales que están experimentando sus conciudadanos. O la sumisión ante un sistema opresor que los llevará a la muerte —de hecho, los dos ajedrecistas mueren ante el tablero— sin que el derrumbe progresivo del Reino de los Sueños los conmueva en absoluto. O quizá, simplemente, una muestra más del absurdo de la existencia.
Kubin ilustró su propia novela con abundantes dibujos, pero en ninguno de ellos reflejó a los ajedrecistas. Por ello, hemos recurrido a nuestra artista de cabecera, María José Acosta, para que realizara los dibujos que ilustran esta nota.





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