viernes, 31 de marzo de 2017

NINON VS. HERMANN Y EL LOBO ESTEPARIO

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El escritor suizo de origen alemán Hermann Hesse, premio Nobel de Literattura en 1946, observa la jugada de su tercera esposa, Ninon Dolbin. La fotografía fue tomada en la biblioteca de su casa de Montagnola en 1952.

Una de las más célebres novelas de Herman Hesse, El lobo estepario, tiene una curiosa referencia al ajedrez. Fruto de una profunda crisis espiritual, la novela cuenta la historia de Harry Haller, el lobo estepario. Solitario, huraño y misántropo, el protagonista vive dedicado a la lectura, el estudio y la música mientras rehuye cualquier contacto social, cualquier diversión frívola, cualquier emoción normal. Vida triste y oscura que bordea constantemente el suicidio y que no es sino un feroz enfrentamiento con las convenciones burguesas y una manifestación de horror ante los carniceros que propiciaron la Gran Guerra y que, terminada la contienda, rápidamente se aprestaron a trabajar en la preparación de la siguiente. Sin embargo, el hombre, y Harry Haller no es una excepción, tiene mil almas. Un personaje femenino, Armanda, que parece la antítesis de Haller por su capacidad de disfrute de los pequeños placeres, de la sensualidad y del amor, será el encargado de darle la vuelta a Haller en un proceso que culmina en un fabuloso y desquiciado baile de máscaras al que no son ajenos las drogas y el alcohol y que es la puerta de entrada a un «teatro mágico» donde se realizará la conversión final del lobo estepario.

Es en este «teatro mágico» donde tiene el encuentro con el ajedrecista. 
Me acogió en una estancia a media luz y en silencio; allí estaba sentado en el suelo, sin silla, al uso oriental, un hombre que tenía ante sí una cosa parecida a un gran tablero de ajedrez.
Y es el ajedrecista el que le enseña que cada hombre tiene mil almas, como ya sabía Haller, pero que no era imperativo «un solo orden único, férreo y para toda la vida». Y se lo enseña sobre un tablero de ajedrez, moviendo piezas que son cada una un pequeño yo, una faceta de la complejidad del alma, de las mil almas, de las personas. Para concluir que una vez aprendido esto puede seguir variando y enriqueciendo indefinidamente el juego de su vida. Y lo fundamental, lo que es importante en una determinada posición, puede ser insignificante en otra. De un día para otro, el juego es distinto. 

Después de su plática, el ajedrecista termina regalándole las piezas.
Me incliné profundamente y, agradecido ante este inteligente jugador de ajedrez, guardé las figuritas en mi bolsillo y me retiré por la puerta angosta.
Viendo la fotografía que encabeza esta nota, tomada veinticinco años después de la publicación de El lobo estepario, en la que Hesse aparece jugando al ajedrez con su esposa Ninon, con la que consiguió una estabilidad sentimental que se le había negado con sus dos primeras esposas, cabe preguntarse si el autor suizo consideraría que había sabido jugar bien sus piezas y si el lobo estepario había sido, finalmente, convenientemente domado.


FICHA TÉCNICA
HERMANN HESSE
EL LOBO ESTEPARIO
ALIANZA EDITORIAL. MADRID, 1984
TRADUCCIÓN DE MANUEL MANZANARES

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