miércoles, 22 de febrero de 2017

MÁS PELIGROSAS QUE LOS HOMBRES

El extraordinario éxito cosechado por las películas basadas en James Bond, el personaje de Ian Fleming, durante la década de los 60 del pasado siglo motivó la recuperación de la figura de Hugh «Bulldog» Drummond, con el que se buscaba obtener un éxito similar o, al menos, aprovechar la estela marcada por 007. 

«Bulldog» Drummond había sido creado por el escritor H. C. McNeile —Sapper era su nombre de pluma—, quien le hizo protagonista de diez de sus novelas entre 1920 y 1937. A la muerte de McNeile recogió el testigo Gerard Fairlie, que añadió siete historias más, y a la de este, Henry Reymond añadió todavía otros dos títulos, si bien estos fueron redactados a partir de sendos guiones cinematográficos.

No es de extrañar que la industria cinematográfica pensara en este personaje para competir con James Bond. Además de haber sido adaptado al teatro en varias ocasiones, «Bulldog» Drummond ya había protagonizado 21 películas antes de que 007 hiciese su debut en el cine. Además, el propio Ian Fleming había declarado que James Bond era «Sapper de cintura para arriba y Mickey Spillane de cintura para abajo».

La primera película de este resurgir del personaje fue Deadlier than the Male («Más peligrosas que los hombres». Ralph Thomas; Greater Films Ltd., 1967). Y el elegido para encarnar al personaje fue el actor Richard Johnson (doblado en la versión española por Ángel María Baltanás) quien, recordemos, era la primera opción de Terence Young, el director de los primeros largometrajes de 007, para interpretar a James Bond. 

En el título de esta película resuenan ecos de un poema (The Female of the Species) de Rudyard Kipling cuyo estribillo repite que la hembra de la mayoría de las especies es más mortífera que el macho. Así las cosas, no sorprenderá saber que el argumento de la película trata de un ejército de asesinas bastante sexis que trabajan al servicio del archienemigo de «Bulldog» Drummond, el supervillano Carl Petersen (interpretado por Nigel Green, con la voz de Claudio Rodríguez en la versión española) y le ayudan en sus intentos de dominar el mundo.

Dos de los tópicos más habituales en la representación del ajedrez en el cine se reúnen en esta cinta. El primero es el ajedrez como juego de seducción. En la primera escena, Drummond está jugando con la secretaria de su jefe y ambos mantienen un diálogo ingenioso, lleno de veladas alusiones sexuales, y que termina con los contendientes abandonando la partida para dedicarse a «otro juego».


—¿Jugamos a otro juego?
—Claro.
—Te llevaré a casa.
—¿A la tuya o a la mía?
Las piezas empleadas en esta escena corresponden a un modelo clásico Staunton, en el que no falta el detalle patriótico de que los colores sean el blanco y el rojo, los colores de la bandera de San Jorge, la bandera de Inglaterra.


El segundo aspecto que resalta la película en relación con el ajedrez es la suposición de que este juego guarda una íntima relación con la inteligencia. En este sentido, suele presentarse como adorno de la personalidad de los malos de película, de esos supervillanos genios del mal que con su inteligencia intentan apoderarse del mundo.

Tal es el caso de Carl Petersen en esta película. Cuando está seguro de su victoria, no puede dejar de intentar demostrar su superioridad intelectual sobre «Bulldog» Drummond derrotándolo al ajedrez. Lo curioso en este caso es que la partida tiene lugar en un gigantesco tablero mecánico al que solo hay que dictarle las jugadas para que estas se ejecuten solas. Los villanos cinematográficos, ni que decir tiene, suelen estar a la vanguardia tecnológica de su época. Recordemos que la película es de 1967 y que, en aquel entonces, la posibilidad de llevar un programa capaz de derrotar al campeón del mundo de ajedrez dentro de un teléfono que cabe en el bolsillo de una chaqueta no se le había ocurrido ni al más delirante de los autores de ciencia-ficción.


Un apunte simpático es que los trebejos de este ultramoderno ajedrez mecánico reproducen a escala parte de los que sin duda son las piezas más famosas del mundo. Las encontradas en la escocesa Isla de Lewis y que se conocen como el ajedrez de la Isla de Lewis. Está compuesto por setenta y ocho piezas talladas en la segunda mitad del siglo XII en marfil de morsa y se conservan en el Museo Británico de Londres y en el Museo de Escocia de Edimburgo. Su procedencia y las peripecias de su hallazgo permanecen envueltas en el misterio y han dado pábulo a un montón de hipótesis y de leyendas.