miércoles, 25 de enero de 2017

UN JAQUE MUY MATE

Conocida en España como «Un atraco de ida y vuelta», Uno scacco tutto matto es una coproducción hispano-italiana de 1968 que abunda en el conocido tema humorístico del atraco perfecto frustrado por la propia incompetencia de los ladrones, siguiendo la estela de I soliti ignoti (Lux Films/Cinecittà; 1958 —en España conocida como Rufufú—), la comedia de Mario Monicelli que parodiaba el gran éxito del cine negro francés Rififi (Jules Dassen. Pathé Cinema; 1955). En España, el género rozó la genialidad en «Atraco a las tres» (José María Forqué; Hesperia Films, 1962).


La película reunió a una gran estrella de Hollywood en horas bajas, Edward G. Robinson, con un elenco internacional de actores en el que abundaban los españoles: Jorge Rigaud, Manolo Zarzo, José Bódalo y mi buen amigo Ruperto Ares, entre otros. El contrapunto sexy corrió a cargo de Maria Grazia Buccella.

La trama es así: Un tal MacDowell —Edward G. Robinson—, ladrón de guante blanco, descubre que una su sobrina es clavadita a la secretaria de un poderoso banquero y se le ocurre una idea genial: si consigue sustituir a varios de los empleados del banco por unos sosias adecuados, podrá dar un golpe perfecto y apropiarse fácilmente y sin riesgos de las nóminas que custodia el banco. Detto, fatto que dicen los italianos. Manos a la obra y el robo está hecho. Pero todo se complica después, y el maletín con el botín cambiará con gran presteza de manos mientras la policía va cercando a los ladrones.



El inspector Vogel, encargado del caso, interpretado por José Bódalo, sospecha de MacDowell y por ello lo pone bajo arresto domiciliario. Cuando va a comunicar a McDowell que no puede abandonar su domicilio, lo encuentra estudiando una partida de ajedrez. «Capablanca, 1936» —dice Vogel, tras observar un momento la posición. «Exacto» —dice McDowell— «es el movimiento que estaba estudiando». No sé si los guionistas tuvieron alguna partida en concreto en la mente al escribir esta escena, la posición que se ve en pantalla no parece corresponder a ninguna partida real, pero puestos a fantasear bien pudiera haber sido la espectacular partida que le ganó a William Winter en el Torneo de Nothingham de 1936.


Al ver que Vogel es aficionado al ajedrez, McDowell invita al inspector a jugar una partida. Y es en el transcurso de esa partida cuando da con la clave que les va a permitir escapar de la difícil situación en la que se encuentran. En un momento dado, Vogel pretende rectificar una jugada. «Es fácil resolver una situación apurada si se tiene la posibilidad de volver atrás» —reflexiona McDowell ante ese hecho.


Y con esa reflexión llega la solución, volverán atrás una jugada, devolverán el dinero al banco para fingir que no ha pasado nada. Así salvarán la piel ya que, al no haber delito, no habrá tampoco castigo. No tendrán premio, pero siempre les quedará la emoción de preparar una nueva aventura.