Teléfono es una novela del escritor norteamericano Percival Everett (1956) que aborda cuestiones como la pérdida, el duelo o la aceptación de uno mismo. En paralelo, también se adentra en temas sociales, sin ir más lejos la explotación laboral de inmigrantes, principalmente mujeres. Al igual que en otras obras de Everett, las cuestiones raciales sobrevuelan toda la trama.
Un profesor universitario que no es feliz ni infeliz, sino todo lo contrario, ve alterada su vida por dos acontecimientos inesperados: la noticia de que su hija tiene una enfermedad neurodegenerativa incurable y una anónima petición de ayuda, escondida en una prenda comprada por internet.
La novela incorpora, además, un audaz experimento formal: se publicaron simultáneamente tres versiones del libro, con cambios en los diálogos de los personajes y, sobre todo, con tres finales distintos. Esta característica no fue anunciada oficialmente, por lo que los distintos lectores leen distintas novelas.
Las tres versiones originales solo se distinguen por un pequeño detalle de la cubierta: una brújula que señala orientaciones diferentes. Este juego ha desaparecido en la versión española, porque no hemos advertido diferencia alguna entre las cubiertas que hemos localizado por la red o visitando librerías. Aunque nos hemos puesto en contacto con la editorial, quizá por ser época estival, no hemos recibido respuesta. Si la hubiere, escribiríamos una nota actualizando la información correspondiente.
La idea clave detrás de este experimento editorial es que el lector, que no es consciente de la existencia de otras versiones, al compartir su lectura con otras personas descubrirá discrepancias entre su lectura y la de otros lectores. Parecido al juego que da título a la novela, en el que los participantes se van susurrando al oído una historia para descubrir, al final, que el mensaje se ha distorsionado al pasar de persona en persona. En España, el juego se conoce como «teléfono escacharrado».
El simple hecho de descubrir la existencia de otras versiones modifica por completo nuestra lectura de la novela. ¿Es fiable el narrador? ¿Se nos ha escamoteado algo? ¿Es necesario leer las tres versiones para comprender plenamente la obra? El autor, preguntado al respecto, dice que hay muchos pequeños cambios; unos pocos, grandes; y, sobre todo, un final distinto en una de las versiones. Everett insiste en que con ello quiere subrayar la autoridad del lector, aunque no estamos muy seguros de que ello sea así.
Estamos, en definitiva, ante una novela extraordinariamente compleja —y eso que solo hemos leído una de las versiones, la noroeste, y no sabemos lo que cambiaría nuestro criterio al leer las otras— que invita al lector, mediante un incesante tejido de referencias, a reconocer ecos de la filosofía (Sócrates, Cicerón, Thomas Hobbes), paleontología (muchos fósiles), pintura (los maestros del Louvre) o poesía (los poemas de Friedrich Rückert musicados por Gustav Mahler). Por supuesto, con un final abierto, abrupto y, como hemos adelantado, hipotético.
El ajedrez desempeña un papel importante en la trama. Según nos cuenta el narrador, había enseñado las reglas a su hija cuando tenía unos siete años y solían jugar con frecuencia. La niña, sin ser un prodigio, se interesó por el juego y empezó a leer sobre él y a practicarlo. Cuando cumplió doce años, su nivel ya era superior al de su padre. Precisamente, el deterioro de sus prestaciones ajedrecísticas es una de las primeras señales de alarma de la enfermedad.
En uno de los capítulos se reproduce una de las partidas disputadas entre padre e hija. La transcripción de la partida presenta algunos problemas en su adaptación al castellano: no se respetan las convenciones de la notación algebraica de que las jugadas de peón se indican por la letra de la columna en la que está dicha pieza, pero en minúsculas. También se han utilizado las iniciales de las piezas en inglés, en lugar de en castellano. Además, las primeras jugadas de una partida reciben el nombre de apertura, no de obertura.
A partir de la decimocuarta jugada, basta una rápida consulta en las bases de datos de partidas para identificar sin dificultad la partida Nenarokov–Alekhine, disputada en Moscú en 1915.
Veámosla.
Aunque no es infrecuente que algunos novelistas incorporen partidas históricas haciéndolas pasar por propias de personajes ficticios, el recurso siempre nos ha parecido discutible, pues puede producir cierta extrañeza ver a un jugador que reconoce no ser más que un modesto aficionado jugar con el nivel de uno de los más fuertes ajedrecistas de Moscú de principios del siglo XX.
Todo indica voluntariedad por parte de Everett, porque, en un guiño al lector, Zach llama a su hija Madame Nenarokov, lo que deja claro que quiere dirigir al lector hacia esa partida histórica.
No somos los primeros en considerar que la partida de ajedrez constituye uno de los puntos centrales en la interpretación de la novela. El profesor Martin Paul Eve, de Birkbeck, Universidad de Londres, escribió un extenso artículo titulado Impossible Chess, Close Reading, and Inattention as Disability in Percival Everett’s Telephone (Ajedrez imposible, la lectura atenta y la falta de atención como discapacidad en «Telephone», de Percival Everett) en el que comenta la partida de ajedrez.
El alcance del artículo va más allá de lo puramente ajedrecístico y se adentra en temas para los que no tenemos competencia, como el análisis literario de la discapacidad o el análisis filológico, y pese al gran interés del artículo, no vamos a pronunciarnos sobre sus conclusiones.
Sin embargo, en lo meramente ajedrecístico sí que nos vamos a permitir discrepar de la tesis del profesor Eve. Tras analizar las tres versiones de la novela, Eve afirma que hay omisiones evidentes y crecientes en la notación de la partida que hacen imposible reconstruirla con exactitud. La falta de esas jugadas representaría las variantes textuales de la novela, escamoteadas a propósito por el autor, que nos hacen imposible la comprensión total del texto. Al mismo tiempo, nos situarían en una perspectiva cercana a la de la niña protagonista, a la que su enfermedad degenerativa va impidiendo comprender la realidad.
En el ejemplar que hemos manejado —la versión noroeste, como ya hemos indicado— solo falta una jugada: la novena del blanco, pero el resto de las jugadas están descritas en el texto. Además, la jugada que falta es forzada por lo que se puede deducir fácilmente. El siguiente diagrama nos ayudará a comprenderlo:
El alfil negro acaba de capturar un caballo blanco en c3, dando jaque. Sea intencionada o no por parte de Everett la omisión en el texto de la siguiente jugada blanca, esta solo puede ser 9. bxc3, y a partir de ahí la partida se sigue perfectamente.
Quizá el problema radique en que la anotación de la partida se desarrolla en dos planos. En uno de ellos las jugadas se van transcribiendo aisladas, como se haría en una revista especializada (aunque en la novela no se ponga el número de jugada) dejando un espacio arriba y abajo de los párrafos del texto al que acompañan.
Otras jugadas se mencionan precisamente dentro del texto, en el diálogo que mantienen padre e hija mientras juegan. Dado que ambos niveles narrativos no van sincronizados, es posible que un lector no familiarizado con la notación algebraica llegue a pensar que son dos partidas las que se disputan y que en ambas faltan jugadas. Pero solo es una, y perfectamente reproducible.
Además, Everett quería que se supiera que la partida era histórica y dejó una pista (enrevesada y oculta, pero pista al fin y al cabo) al hacer que Zach llamara a Sarah madame Nenarokov. Nenarokov, como hemos dicho, era el conductor de las piezas blancas en la partida modelo.
Solo hemos detectado una posible errata en la transcripción de la partida. Tanto en la edición inglesa como en la española la jugada dieciséis de las negras es Qxc6 —cuando debería ser Qc6—. Qxc6 (Dxc6 en castellano) implicaría que la dama negra ha capturado una pieza en la casilla c6, lo que es imposible. Qc6 simplemente quiere decir que la dama se mueve a c6, según ocurrió en la partida modelo. Podría tratarse simplemente de una errata tipográfica, aunque no cabe descartar que existan diferencias entre las distintas versiones del texto.
Hay, sin embargo, otra anomalía mucho más llamativa, y que, hasta donde sabemos, Martin Paul Eve no comenta. Zach juega con las piezas blancas y perderá al final, algo nada sorprendente porque ya se ha dicho que Sarah es mejor jugadora que su padre, pero, al comentar la décima jugada, el texto señala que es Sarah quien se enroca corto. Si en castellano pudiera haber alguna duda de quién juega, el original inglés lo deja meridianamente claro: Then, as if she had it all planned, she castled short. 0-0.
Curiosamente, cuando Sarah enroca largo, su padre deja este comentario:
No puedo decir que me sorprendiera su enroque, pero la maniobra —el enroque, en realidad, es una jugada, no una maniobra— siempre me transportaba en cierto modo a otro lugar. El hecho de que las dos piezas se pudieran mover a la vez me parecía mágico, lo bastante como para poder llevar a cabo un movimiento parecido en la vida real. No tenía ni idea de cómo sería en la práctica aquel movimiento.
No podemos dejar de pensar que lo que Zach quería, como tantos padres en circunstancias similares, era ocupar el lugar de su hija, cambiarse por ella, al igual que el rey y la torre parecen intercambiar sus posiciones durante el enroque.
Y ya antes hubo un diálogo muy significativo entre padre e hija mientras jugaban la partida:
—¿Sabes por qué siempre te gano, papá?
—Dímelo
—Porque odias perder piezas.
—¿Ah, sí?
—No se puede proteger a todo el mundo. Simplemente tienes que salir adelante como puedas u obtener la posición que quieres.
En una partida que enfrenta a un padre con su hija moribunda, la frase esconde una terrible sentencia. Zach no va a poder proteger a su hija. Va a perder la partida ante el tablero, pero va a perderla también ante la vida. Pero el consejo de la niña quizá le sirva para dilucidar otro de los problemas que plantea el libro: ¿se puede corregir un grave error (y hablamos de la vida, no de ajedrez) haciendo algo bien en otro ámbito de la vida?
No pretendemos reducir el significado de la escena ajedrecística de Teléfono a los aspectos que hemos comentado, menos aún tratándose de una novela tan compleja, con tres versiones que dialogan entre sí, corrigen matices, abren nuevas posibilidades interpretativas y obligan al lector a reconsiderar continuamente lo leído. Sí creemos, sin embargo, que la partida aporta elementos esenciales para comprender el conjunto de la obra. Esperamos haber arrojado algo de luz sobre el asunto.
FICHA TÉCNICA
PERCIVAL EVERETT
TELEPHONEGREYWOLF PRESS. MINNEAPOLIS, 2020
TELÉFONO
DE CONATUS. MADRID, 2025
TRADUCCIÓN DE JAVIER CALVO
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