miércoles, 5 de octubre de 2016

HECTOR SERVADAC


Ilustración de Paul Dominique Philippoteaux
para la primera edición de Hector Servadac (1877)
—Si usted me lo permite, voy a tomarle un alfil —dijo el brigadier Murphy, que, después de dos días de vacilaciones, se decidió al fin a hacer esta jugada, profunda y detenidamente meditada.
—Me es imposible impedirlo —respondió el mayor Oliphant absorto en la contemplación del tablero de ajedrez.
Los que así se expresan son dos personajes secundarios de la novela de Jules Verne Hector Servadac. Una novela que es precursora del tan manido tema —hoy en día manido— de las catástrofes generadas por cuerpos celestes, en este caso por un cometa. Pero es una catástrofe amable que apenas causa algún estrago en la superficie de la tierra; el cometa solo se lleva consigo de viaje por el sistema solar un fragmento del Mediterráneo y unas pocas tierras emergidas: Gibraltar, Ceuta, Malta y un poco de la costa argelina. También se lleva a un par de franceses, a una niña italiana, a un puñado de rusos, a otro de españoles, a unos militares británicos y a un judío alemán. Esto da pie a Verne para endilgar al lector un manual completo de astronomía y dar rienda suelta a todos sus prejuicios raciales, que eran muchos, llegando a causar auténtico sonrojo la caracterización del personaje judío. Si tienen interés en saber cómo son los españoles para Verne, no les sorprenderá el tópico: vagos, indisciplinados y juerguistas.

Los ingleses son flemáticos, indiferentes y estirados. Y juegan al ajedrez. Verne no duda en hacerlos seguidores de Philidor antes que de cualquier jugador inglés contemporáneo. 
Esto ocurría en la mañana del 17 de febrero (antiguo calendario), pero pasó todo el día sin que el mayor Oliphant respondiese a la jugada del brigadier Murphy. Hacía ya cuatro meses que había empezado esta partida de ajedrez y los dos adversarios no habían hecho hasta entonces más que veinte jugadas. Ambos eran de la escuela del ilustre Filidor, que pretende que nadie es fuerte en este juego si no sabe manejar bien los peones, a los que llama el alma del ajedrez. Por esta razón, no se había movido ningún peón sin previas meditaciones profundas.
Philidor, considerado de forma unánime el mejor jugador de ajedrez del siglo XVIII, había publicado su Analyse du jeu des Échecs en 1749. En este tratado, bestseller entre los bestsellers, setenta ediciones en menos de veinticinco años, Philidor encarece el buen uso de los peones añadiendo «ellos son el alma del ajedrez».

Ilustración de Luis Palao para la edición
española 
de la editorial Ramón Sopena (1935)
Digamos también que el brigadier Murphy y el mayor Oliphant no habían interrumpido su partida de ajedrez, cuyas jugadas, preparadas después de largas meditaciones, se comunicaban por telégrafo. En esto, los dos ilustres oficiales no hicieron otra cosa que imitar a las dos sociedades americanas, que en 1840, a pesar de la lluvia y la tempestad, jugaron telegráficamente una famosa partida de ajedrez entre Washington y Baltimore.
Aunque Verne se documentaba exhaustivamente antes de redactar sus novelas, aquí le falló la documentación. La línea de telégrafo Washington—Baltimore, la primera de larga distancia de los Estados Unidos de América, no se inauguró hasta mayo de 1844. La partida de ajedrez se disputó ese mismo año. Desde luego los ajedrecistas yanquis no perdieron el tiempo en experimentar esta novedosa forma de jugar a distancia. 
Pero, perdone usted, capitán Servadac; el brigadier Murphy me envía por telégrafo un jaque, y con el permiso de usted, voy…

FICHA TÉCNICA
JULES VERNE
HECTOR SERVADAC
ORBIS. BARCELONA, 1987
TRADUCCIÓN DE F. CABAÑAS VENTURA