lunes, 25 de mayo de 2015

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL


El premio Nobel de Fisiología y Medicina español Santiago Ramón y Cajal fue muy aficionado al ajedrez en diversas épocas de su vida. Como le ocurría con cualquier cosa que le apasionase, en esas épocas se dedicaba con un ahínco sorprendente a estudiar el juego para afinar su comprensión del mismo y mejorar sus prestaciones competitivas. Sin embargo, como les ocurriera a otros científicos e intelectuales como Montaigne o Unamuno, llegó un momento en el que se detuvo presa del vértigo ante un abismo que parecía ser insondable. Sintió que los esfuerzos que debía acometer para mejorar sustancialmente en ajedrez le apartarían de su principal pasión, la ciencia. Pero, pese a todo, no conseguía dejarlo. Tal era su obsesión con el ajedrez que llegó a considerarlo un vicio que amenazaba con arruinar su vida. Sin embargo, se las ingenió para lograrlo de una forma que sorprende por lo original y creativa y que define, además, perfectamente su personalidad.

En sus "Recuerdos de mi vida" (Revista de Aragón, 1901-1904), obra que no me cansaré nunca de recomendar porque al lado del científico brillante surge un personaje de una estatura moral y un sentido cívico que harían sonrojar a cualquier político actual que se aventurara a leerlo, en este libro, decía, explica el proceso con el que consiguió superar su dependencia de lo que denominaba un "aristocrático recreo".

SEGUNDA PARTE. HISTORIA DE MI LABOR CIENTÍFICA
CAPÍTULO IV
...deseo contar aquí cómo me libré de un vicio tenaz e inveterado, el ajedrez, que amenazaba seriamente mis veladas.
Conocedores de mi afición al noble juego de Ruy López y Philidor, varios contertulios del Casino Militar me invitaron a hacerme socio.
Tuve la flaqueza de acceder; me estrené con varia fortuna midiéndome con aficionados de alguna talla; creció un tanto mi destreza y con ella el afán morboso de sobrepujar a mis adversarios. En mi necia vanidad, llegué a jugar cuatro partidas simultáneas, defendidas por sendos campeones, amén de numerosos mirones que discutían prolijamente las consecuencias de cada jugada. Partida hubo que duró dos o tres días. En mi empeño de lucirme a toda costa y confiando en mi pasadera memoria visual, llegué a jugar sin mirar al tablero.
Excusado es decir que adquirí cuantos libros del aristocrático recreo llegaron a mis manos y hasta caí en la inocencia de enviar a las ilustraciones extranjeras soluciones de problemas. Arrastrado por la creciente pasión, mis sueños eran interrumpidos por ensueños y pesadillas, en las cuales armaban frenética zarabanda peones, caballos, reinas y alfiles. Derrotado la víspera en una o varias partidas, ocurríame a menudo despertarme sobresaltado durante las primeras horas matinales, con el cerebro enardecido y vibrante, prorrumpiendo en frases de irritación y despecho. «¡Torpe de mí! —exclamaba—; había un jaque mate a la cuarta jugada y no supe verlo.» Y, en efecto, puesto el tablero sobre la mesa, comprobaba apenado la tardía clarividencia de mi inconsciente que había laborado por mí durante las escasas horas de reposo.
Esto no podía continuar. La fatiga y la congestión cerebral casi permanentes me enervaban. Si en el juego del ajedrez no se pierde dinero, se pierde tiempo y cerebro, que valen infinitamente más.Y se despolariza nuestra voluntad, que corre por cauces extraviados. En mi sentir, lejos de ejercitar la inteligencia, como se ha dicho por muchos, el ajedrez la descentra y la gasta. Consciente del peligro de mi situación, temblaba ante la desconsoladora perspectiva de convertirme en uno de esos tipos amorfos, sedentarios y ventripotentes que envejecen infecunda e insensiblemente en torno de una mesa de tresillo o de ajedrez, sin suscitar un afecto sincero, ni provocar, cuando llega la inevitable apoplejía o la terrible uremia, más que un sentimiento de fría y ritual conmiseración. —¡Lástima de Pérez!... ¡Era un buen punto! Habrá que pensar en reemplazarlo—. Porque el jugador de Club o de Casino no es más que un pie de mesa, algo así como el cuadro vulgar que ocupa un lugar en la sala, para hacer pendant con los demás.
Pero ¿cómo curarme radicalmente? Sintiéndome incapaz del inexorable «no juego más», patrimonio de las férreas voluntades; acuciado constantemente por el ansia de desquite —el genio maléfico de todo jugador—, sólo se me ocurrió como recurso supremo un remedo del similia similibus de los homeópatas: estudiar a fondo los tratados de ajedrez, y reproducir las más célebres partidas; y además, disciplinar mis nervios harto impresionables, aumentando al sumo la tensión imaginativa y reflexiva. Era inexcusable también abandonar mi estilo de juego, consistente en ataques románticos y audaces, para atenerme a las normas de la más cautelosa prudencia.
De esta suerte y gastando en mi empeño toda mi capacidad de inhibición, alcancé al fin mi codiciado propósito. El cual consistía —lo habrá adivinado el lector— en lisonjear y adormecer mi insaciable amor propio con la derrota, durante una semana, de mis hábiles y ladinos competidores. Demostrada, eventual o casualmente, mi superioridad, el diablillo del orgullo sonrió satisfecho. Y temeroso de reincidir, dime de baja en el Casino, no volviendo a mover un peón durante más de veinticinco años. Gracias a mi ardid psicológico, emancipé mi modesto intelecto, secuestrado por tan rudas y estériles porfías, y pude consagrarle, plena y serenamente, al noble culto de la ciencia.
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La fotografía que encabeza esta nota muestra a Santiago Ramón y Cajal jugando una partida de ajedrez contra su amigo Federico Olóriz. Se realizó el año 1898 en el municipio madrileño de Miraflores de la Sierra. El fotógrafo fue uno de los hijos de Ramón y Cajal. 


FICHA TÉCNICA
SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL
RECUERDOS DE MI VIDA
CENTRO VIRTUAL CERVANTES, 1997.2015