lunes, 21 de noviembre de 2016

UN PAR DE OJOS AZULES

Que el ajedrez era algo que formaba parte habitual del ocio de la sociedad británica, en ese larguísimo periodo histórico conocido como época victoriana (1837-1901; es decir, prácticamente todo el siglo XIX) es algo sabido por la frecuencia con la que los pioneros de la fotografía tomaban como modelos a gente que estaba enfrascada en el juego. En ARTEDREZ hemos visto ejemplos de William Henry Fox-Talbot —uno de los padres de la fotografía— quien retrató a los intelectuales de su círculo jugándolo; del reverendo Charles Lutwidge Dogson —más conocido por su nombre artístico de Lewis Carroll— quien retrató a sus familiares, a los hijos de sus amigos y a los artistas de su época también empeñados en mover madera; de Oscar Gustav Rejlander quien lo utilizó para sus alegorías y, por último, de un sin fin de fotógrafos anónimos que retrataron a gente también anónima reunida en torno a un tablero de ajedrez. Los dibujantes políticos tampoco fueron ajenos al hecho e incluso la propia reina Victoria fue retratada jugando al ajedrez.

Ambrotipo, circa 1850, de un fotógrafo británico desconocido

La literatura no podía ser menos. Y de forma especialmente significativa nos encontramos con el ajedrez en una de las primeras novelas de Thomas Hardy, A Pair of Blue Eyes (Un par de ojos azules) publicada en 1873. La novela, en gran parte autobiográfica, narra la historia de Elfride Swancourt —la poseedora de los ojos azules del título— y de los dos pretendientes que la cortejan consecutivamente. Elfride es hija de un pastor protestante muy venido a menos aunque de noble ascendencia.

La escritura de Hardy es un vehículo de denuncia de una sociedad hipócrita y clasista y de las instituciones que la sustentan, entre ellas, notablemente para el novelista, el matrimonio. Esto no le hizo especialmente popular entre la gente «bien» de su tiempo, los retratados fundamentalmente en sus libros, que lo tachó de inmoral. Como si el problema estuviera en el denunciante y no en lo denunciado. Algo que por cierto seguimos sufriendo hoy en día con irritante frecuencia.

Después de lo dicho en el primer párrafo, no sorprenderá saber que el cortejo entre Elfride y sus pretendientes se desarrolle parcialmente en torno a un tablero de ajedrez. Una de las actividades que una pareja sin vínculos familiares podía desarrollar sin contravenir las estrictas normas de conducta victorianas.

George C. Watson
Check mate, s/f
Óleo sobre liezo. 26 x 98 cm.
Colección particular

El primer pretendiente es un joven de humilde extracción pero con buena educación y un futuro prometedor, Stephen Smith. Un error del padre de Elfride, suponiendo que el joven pertenece otros Smith, estos de rancio abolengo, le hace actuar como celestino e intentar interesar a su hija en el joven ayudante de un arquitecto.

… alguien propuso una partida de ajedrez.

(...)

Elfride pronto se dio cuenta de que su oponente no era más que un aprendiz.

(...)

Elfride jugaba de memoria; Stephen, pensando. Era una crueldad absoluta darle jaque mate después de todo lo que se había esforzado, pensó Elfride. ¿Hasta que grado de deshonestidad podía llevarle su compasión? A dejar que fuera él quien le diera jaque mate. Iniciaron una segunda partida; y como ella era absolutamente indiferente al resultado (jugaba mucho mejor de lo que era normal entre las mujeres, y lo sabía), le permitió a Stephen que volviera a darle jaque mate. Una última partida, en la que ella adoptó el gambito Muzio como apertura, acabó con la victoria de Elfride en el vigésimo tercer movimiento.

(...)

—¡Se ha estado burlando de mí! —exclamó Stephen sonrojándose—. ¿Me ha dejado ganar en las dos partidas anteriores?

La cara de Elfride reveló su culpa. Stephen era la imagen de la irritación y la tristeza, y aunque por un momento le causó satisfacción a Elfride, al instante siguiente le hizo lamentar su error.

—¡Señor Smith, perdóneme! —dijo con voz dulce—. Antes no se me ocurrió, pero ahora me doy cuenta de que lo que he hecho parece un desprecio hacia su destreza en el juego. Pero no era esa mi intención. No podía, en conciencia, hacerme con el triunfo en las dos primeras partidas, en las que usted combatió con desventaja y de manera tan valerosa.

Stephen aspiró profundamente y murmuró con amargura:

—¡Ah, es usted más inteligente que yo. Puede hacer cualquier cosa, ¡y yo no puedo hacer nada! ¡Oh, señorita Swancourt! —dijo prorrumpiendo a hablar desaforadamente, el corazón en un puño—. ¡Debo confesarle cómo la amo!

Pero el padre de Elfride descubre el verdadero origen de Stephen, algo que él nunca ha ocultado, y prohibe terminantemente la relación entre los jóvenes. Estos, no obstante, se prometen en secreto y Stephen parte hacia la India para intentar hacer fortuna y ser así admitido por la familia de Elfride; el dinero, aunque no las borraba de un plumazo, mitigaba mucho las diferencias de clase.

Pareja jugando al ajedrez en un jardín
Tarjeta postal de autor anónimo, 1901

Pero hizo el tiempo su labor y la pasión comenzó a enfriarse. Inesperadamente entra en escena Henry Knight, quien casualmente había sido mentor y amigo de Stephen Smith y responsable de su educación. Knight es un caballero. Abogado, editor y crítico literario. Pronto los modales, la distinción, la mayor experiencia y edad de Knight, junto con el enérgico celestineo de la familia, empiezan a ejercer su influjo sobre Elfride.

En la sala, después de estar en compañía del señor y al señora Swancourt durante una hora, Knight se encontró de nuevo con Elfride, quien había estado examinando un problema de ajedrez en una revista ilustrada.

—¿Le gusta el ajedrez, señorita Swancourt?

—Sí, es mi juego científico favorito; de hecho, él único. ¿Usted juega?

—He jugado, aunque no últimamente.

—Rétale, Elfride —la animó el rector—. Mi hija juega muy bien para ser una mujer, señor Knight.

—¿Jugamos? —preguntó tímidamente Elfride.

Desde luego. Estaré encantado.

A diferencia de la primera vez, donde Elfride se enfrentó a un inexperto y torpe Stephen, Knight demuestra ser más hábil que la muchacha. Las partidas van cayendo del lado del huésped. Algo que Elfride no acepta de buen grado e insiste una y otra vez en jugar y perder. Incluso, pretende que le perdonen los errores.

No soporto la despiadada actitud de los clubs y los jugadores profesionales como Staunton y Morphy. ¡Cómo si realmente importara si ya has soltado la pieza o no!

Knight sonrió de manera tan implacable como antes, y siguieron jugando en silencio.

—Jaque mate —dijo Knight.

—Juguemos otra partida —dijo perentoriamente Elfride; se la veía bastante acalorada.

—Encantado —dijo Knight,

—Jaque mate —dijo Knight al cabo de cuarenta minutos.

—Otra partida —dijo ella muy decidida.

—Le doy un alfil de ventaja —le dijo Knight muy amablemente.

—No, gracias —contestó Elfride en un tono que pretendió ser de cortés indiferencia pero que, de hecho, resultó muy displicente.

—Jaque mate — dijo su oponente sin la menor emoción.

¡Qué diferente el estado de ánimo que experimentaba Elfride en ese momento y el de cuando cometió errores a propósito para que Stephen Smith pudiera ganar!

Por la noche, Elfride no consigue dominar su orgullo herido y ve crecer sus ansias de venganza. Coge un ejemplar de Chess Praxis  de Staunton de la biblioteca de su padre y se pasa la noche estudiándolo. A la mañana siguiente, durante el desayuno, vuelve a retar a Knight.

—Juguemos otra partida.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo, en cuanto hayamos desayunado.

—Tonterías, Elfride —dijo su padre—. Te vas a convertir en una esclava de ese juego.

Pero Elfride se sale con la suya y la partida comienza. En el transcurso de la misma, Elfride se va poniendo progresivamente nerviosa.


George Goodwin Kilburne
A game of Chess, s/f

Colección particular

Al final y en un recurso especular con la primera partida disputada, Knight intenta dejarse ganar intencionadamente para contentar a su rival. Elfride, por supuesto, se percata inmediatamente de ello.

—¡Sé lo que está haciendo! —exclamó. La cólera coloreó sus mejillas, sus ojos mostraron indignación—- ¡Se le ha ocurrido dejarme ganar para complacerme!

—No me importa admitir que es cierto —respondió Knight flemático, y lo pareció aún más en contraste con la agitación de Elfride.

—No debe hacerlo, no pienso tolerarlo.

—Muy bien.

—No, eso no servirá de nada. Insisto en que me prometa no hacer algo tan absurdo. ¡Eso es insultarme!

—Muy bien, señora. No haré algo tan absurdo. Usted no ganará.

—¡Eso habrá que verlo!

Pero Elfride vuelve a perder. Incapaz de soportar la humillación, se retira a sus aposentos y cae enferma. El doctor que acude a visitarla le prohíbe volver a jugar al ajedrez.


Al final, Knight termina enamorándose de Elfride pero su compromiso se ve truncado cuando el caballero descubre que la joven había tenido relaciones con Stephen Smith tiempo atrás y la rechaza por ello. Una estúpida convención más. Elfride terminará casándose con un tercer galanteador, pero su corazón está roto y morirá de parto pocos meses después. La vida de tres personas se ha visto moldeada por unas convenciones tan rígidas como hipócritas.

Ni Elfride, veleidosa, caprichosa, inmadura y fácilmente manipulable por su entorno, sobre todo por su padre, del que ha recibido una educación deficiente por el mero hecho de  ser mujer; ni su padre, ridículo en su pretensión de nobleza y que se casa sin amor para favorecer el impulso social que quiere dar a su hija; ni Knight, caballero de exquisita educación pero envarado, rígido y henchido de prejuicios hasta no poder más son personajes simpáticos. Si acaso, el primer pretendiente, Stephen, trasunto del propio Hardy, parece sentir un amor verdadero por Elfride, aunque su lucha toma la forma de una huida, ceder a los convencionalismos de la época e ir a ganar fortuna dejando a su amor detrás. Aquí hay que acotar que Hardy se casó con su mujer en contra de la opinión categórica de las familias de ambos. Sabía, pues, de qué estaba hablando.

Pero Hardy, queriendo fustigar los prejuicios de la sociedad, tampoco escapa del todo a ellos. Eso se ve sobre todo en la caracterización de los personajes femeninos como débiles y necesitados de guía.

La madrastra de Elfride mantiene la siguiente conversación con Knight:

¡Primo Knight, ¿en qué estabas pensando? Su tierna inteligencia no soporta que la estrujen como si fuera tu gran cerebro. Deberías haberle prohibido terminantemente que volviera a jugar.

Desde luego, Knihgt no da indicio alguno de tener un gran cerebro en su relación con Elfride, más bien al contrario. Y el médico que la atendió después de su indisposición tras jugar la partida de ajedrez, ocasionada más por el enfado por sentirse minusvalorada y la humillación de la derrota que por el esfuerzo realizado, remató la jugada:

...afirmó que el sistema nervioso de Elfride estaba bastante alterado; le recetó un bebedizo para aliviarla y dio orden de que bajo ningún concepto volviera a jugar al ajedrez.

George Goodwin Kilburne
Un caso desesperado, s/f
Óleo sobre lienzo. 76,9 X 16,7 cm.
Colección particular
Los dos encuentros ajedrecísticos ocupan un lugar central en la evolución de la trama, ofreciendo, como se ha dicho más arriba, una visión especular uno con respecto del otro. En ambos casos el vencedor en la contienda es el más experimentado, no solo en el juego, sino también vitalmente. Pero mientras la victoria de Elfride es un estímulo más para el enamoramiento del joven Stephen, que se contenta con la simple adoración de la muchacha; la derrota de la joven ante Knight se transforma en humillación. Se siente despreciada, ni siquiera merecedora de la atención de su rival y, finalmente, minusvalorada cuando descubre que Knight se está dejando ganar. Cuanto mayor es su derrota, más necesidad siente de intentar demostrarle su capacidad intelectual. Es durante el segundo encuentro ajedrecístico cuando los sentimientos de Elfride basculan de forma decisiva hacia Knight. Las promesas hechas a Stephen le parecen algo propio de niños y el mismo Stephen alguien infantil e inmaduro. De alguna forma, el ajedrez simboliza esa transición; la victoria de Knight lo sitúa en un plano superior, inalcanzable y, por lo tanto, deseable.

En cuanto a lo puramente ajedrecístico, en 1873, fecha de publicación de la novela, el jugador más fuerte del mundo era sin discusión Wilhelm Steinitz, estando tanto Morphy como Staunton —que moriría al año siguiente— retirados. Sin embargo, parece lógico que Hardy citara a los mencionados, antes que al ajedrecista centroeuropeo, porque ambos serían más cercanos al lector anglosajón no especializado en ajedrez

El libro de Staunton que se cita en una de las partidas entre Knight y Elfride, Chess Praxis, fue editado en 1860 y es un colofón a su gran obra, The Chessplayer's Handbook, que había publicado en 1847. Ambos libros debían ser parte de la biblioteca privada de cualquier aficionado al ajedrez y aun de la gente meramente interesada en el juego. Gran parte de esta obra se dedica a glosar la figura de Morphy y es probable que Hardy poseyera un ejemplar.

El gambito Muzio, mencionado por primera vez en el libro de Alessandro Salvio Trattato dell'Inventione et Arte Liberale del Gioco Degli Scacchi, Nápoles 1604, es una de las variantes más agresivas del gambito de Rey. Fue popularizado en la Inglaterra del siglo XIX por las obras de Jacob H. Sarratt, en especial en A New Treatise of the Game of Chess, Londres, 1828.

FICHA TÉCNICA
THOMAS HARDY
UN PAR DE OJOS AZULES
EDICIONES DEL BRONCE. BARCELONA, 2001
TRADUCCIÓN DE DAMIÁN ALOU