![]() |
Fernando Arrabal en el set del programa En jaque. 1990 |
viernes, 4 de abril de 2025
EN EL TABLERO DE AJEDREZ SE REPRESENTA EL GRAN TEATRO DEL MUNDO
jueves, 3 de abril de 2025
LA MARCHA RADETZKY
La marcha Radetzky es una novela de Joseph Roth (1894-1939) que describe la decadencia y el fin del Imperio austrohúngaro. Narra la vida de tres generaciones de la familia Trotta. De orígenes muy humildes, la familia ascendió socialmente gracias a que, en la batalla de Solferino, el primer Trotta salvó la vida del emperador Francisco José. A partir de ahí, la munificencia imperial velará por su salvador y sus descendientes, haciendo que personajes mediocres, con poca capacidad de liderazgo o iniciativa, ocupen altos puestos en la administración del Estado o el Ejército.
La novela es un largo friso en el que se denuncia el anquilosamiento de la monarquía, anclada en una rigidez jerárquica incapaz de dar respuesta a la nueva sociedad que se avecina, en la que los cambios sociales y el nacionalismo de los pueblos del Imperio están luchando por emerger. Esa rigidez se traslada a las relaciones personales. Los Trotta son como el país en el que viven: incapaces de expresarse fuera del reglamento, de las ordenanzas, viviendo detrás de una máscara impenetrable. Incapaces de expresar emociones y de mantener relaciones normales con los demás.
El ajedrez es una presencia frecuente en las páginas del libro. La primera aparición del juego surge cuando Joseph, el héroe de Solferino, súbitamente ennoblecido, empieza a frecuentar compañías acordes a su nueva clase social. En el casino de la localidad en la que está destinado, juega con el notario, con una frecuencia fija, como un rito más.
Trotta gozó de la justa armonía que le proporcionaba su sana existencia militar en la pequeña guarnición donde servía; cada mañana iba a caballo al campo de instrucción, por la tarde jugaba al ajedrez con el notario en el café. Se fue acostumbrando a su cargo, a su situación, a su dignidad y a su fama.
Sobre la relevancia del ajedrez como juego de prestigio, poco habrá que insistir. Conviene a un capitán, héroe de guerra, conviene a un notario. Juego aristócrata, juego de reyes. A lo largo de la novela, el sonido de las piezas de ajedrez sobre el tablero se superpondrá, en los casinos, en los cafés, con el del billar o el del dominó, otros juegos adecuados a la dignidad nobiliaria.
Callaron. Se oía el choque de las bolas de billar y de las piezas de ajedrez. Afuera seguía cayendo la lluvia.
Un coronel de uno de los regimientos en los que sirvió el tercer Trotta, Carl Joseph, dejará clara la diferencia entre los juegos admisibles —ajedrez, billar, dominó— y los plebeyos —las cartas—. Son juegos que incluso se desarrollan en locales diferentes. Los soldados se juegan sus soldadas en tabernas a las que los oficiales tienen el acceso vedado. Distintas clases, distintos juegos, distintos locales. Algo que los nuevos tiempos también cambiará hacia el final de la novela.
El segundo Trotta, Franz, el único que no siguió la carrera militar, máximo jefe administrativo de un distrito, también tenía el ajedrez como distracción. También a término fijo y con un rival fijo: el doctor Skowronnek. Incluso en los aciagos días posteriores a la muerte de su hijo en la Gran Guerra seguía jugando.
La guerra parecía importarle poco al señor Trotta. Cogía el periódico únicamente para ocultar detrás de él su cráneo tembloroso. Nunca hablaba con el doctor Skowronnek de victorias ni de derrotas. Solían jugar al ajedrez sin cruzar palabra.
La novela se cierra con una escena en la que también está presente el ajedrez. Muerto el último Trotta, incapaz de sobrevivir al emperador y al imperio, como dice el doctor Skowronnek, este se dirige al lugar donde jugaba con su amigo.
Pensó que ya era tarde y que se acercaba la hora de la partida de ajedrez. Pero ahora ya no tenía con quien jugar; pese a todo, decidió irse al café.
(...)
Se fue, como cada día, a la mesa de costumbre. El tablero de ajedrez seguía allí, como si el jefe de distrito no hubiera muerto. El camarero acudió para quitar el tablero.
—Déjelo, no es necesario —dijo Skowronnek.
Se puso a jugar una partida solo, sonriendo de vez en cuando al sillón vacío que tenía delante. Oía todavía el suave murmullo de la lluvia otoñal que seguía deslizándose incansable por los cristales.
![]() |
La única cubierta que conozco que recoja el motivo ajedrecístico es la de la Asociación alemana del libro. Sttutgart, 1972. |
LA MARCHA RADETZKY
EDHASA. BARCELONA, 1989
TRADUCCIÓN DE ARTURO QUINTANA
martes, 1 de abril de 2025
POBRES CRIATURAS
![]() |