Al jugar al ajedrez se obtienen situaciones lógicas continuamente diferentes: ese juego es, de manera típica, una perpetua deformación lógica. El elemento deformador nos parece ser únicamente la pieza que se mueve en ese momento, mientras que el resto de las piezas nos aparece como la persistencia actual o provisional del sistema. Es, por lo demás, una persistencia sui generis, una persistencia que se ve afectada por la jugada realizada y que lleva en sí el germen de una jugada futura, una pobre y precaria persistencia. La pieza jugada, al limitar y casi seleccionar una serie de situaciones futuras, confiere en ese momento fisonomía y características lógicas a una partida determinada, separándola de otras partidas de ajedrez. Así se dirá: la partida de Carlo contra Marco, la de Stefano contra el Senador.
Dicho esto, ¿quién de nosotros puede pensar en un juego de ajedrez cristalizado —sustanciado— nucleado— archivado en un ser fijo e indeformable, en una figura determinada, es decir, en una determinada disposición de las piezas? Ese juego ya no sería una partida. Sería la nada ajedrecística o lo impensable ajedrecístico, que viene a ser lo mismo.
En el juego del ajedrez no existe sustancia, sino —por expresarme con imágenes un poco toscas— una cierta aglomeración de relaciones que funciona actual e imperfectamente como sustancia, porque en ese momento permanece inmóvil con respecto al elemento lógico que está deformando el sistema lógico total: que es la pieza que se juega en ese instante.
La cita pertenece a las conocidas como Meditaciones milanesas, escritas en 1928, cuando Carlo Emilio Gadda (1893-1973) abandonó su profesión de ingeniero para dedicarse a la filosofía, pero publicadas solo de manera póstuma en 1974. La crítica ha visto en ellas la reflexión teórica en la que se basará con posterioridad su obra literaria.
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